El ADN de lo que viene

Ya se apunta a maíces con 20 genes y sojas resistentes a nuevos herbicidas. Argentina, en la mira de todos.

17deSeptiembrede2011a las08:19

Ver la evolución de la tecnología y de las estrategias de las principales compañías del mundo en el negocio agrícola sirve, entre otras cosas, para saber en qué lugar del concierto global está parada la Argentina como gran proveedor de alimentos y, además, cuáles son sus oportunidades y desafíos de cara al futuro.

Hace pocos días, Clarín Rural recorrió laboratorios de última generación y la sede central de Monsanto, en el estado de Missouri, en Estados Unidos, donde dialogó con muchos de sus científicos y los ejecutivos que diseñan la estrategia de la compañía. Allí, volvió a quedar clara una visión casi unánime: que nuestro país tiene frente a sí varias décadas durante las cuales lo que produce con mayor competitividad, y que todavía puede crecer muy fuerte, tendrá una demanda sostenida y creciente.

De cómo se evalúe el peso de esta realidad, y la oportunidad que significa, dependerán muchas cosas para los productores argentinos, para toda la cadena agroindustrial y, claramente, también para la economía argentina, que hoy tiene en el sector a su pilar principal. Por eso, vale la pena repasar buena parte de lo visto y oído en la capital agrícola del mundo, el famoso Corn Belt (cinturón maicero), atravesado en las últimas semanas por una de sus peores sequías en décadas, como quedaba claro con sólo mirar maíces y sojas desde las autopistas que lo invaden en todas direcciones.

El marco es conocido. Para el 2050 habrá tres Chinas más en el mundo. Es decir, al planeta se le agregarán tantos habitantes como tres veces los que hoy viven en ese país. Así, se llegaría a 9.300 millones de personas, a las que habrá que alimentar. Para eso, no hay dudas, las claves pasarán por el conocimiento y herramientas tecnológicas, porque la superficie para producir alimentos, a nivel global, no podrá crecer sustancialmente. Entonces, en el camino obligado de mayores rindes, conviene ir viendo qué cosas estarán a disposición de la cadena productiva.

En Chesterfield (estado de Missouri), Monsanto tiene sus laboratorios centrales. Allí, la investigación muestra todo su peso. Tanto en el mejoramiento convencional del germoplasma de semillas como en la biotecnología, que van en paralelo, porque, en definitiva, la semilla es el vehículo que lleva a la biotecnología.

Allí, por ejemplo, está la llamada “chipeadora”, un complejo robot que permite tomar una porción genética mínima de una semilla (“chipear”) y analizar infinidad de caracteres en pequeñas astillas de la semilla (“chips”). Se analiza así el ADN de los granos, para predecir qué características tendrá, y se lo hace en pocos minutos, lo cual acelera los tiempos del mejoramiento y permite imprimir extrema velocidad también a los trabajos a campo. Las máquinas son, además, un desarrollo de los ingenieros de la compañía.

En Chesterfield, por ejemplo, se logró secuenciar el genoma del maíz, con una máquina de la cual hay sólo 11 en el mundo, la mayoría en la industria farmacéutica y dedicadas al estudio de enfermedades en los seres humanos.

Este nivel en la investigación acelera enormemente, como se dijo, los tiempos del avance genético. Los científicos de la compañía sostienen que la clave no es solo qué gen poner, sino dónde ponerlo, teniendo en cuenta los 32.000 cromosomas que tiene el maíz, por ejemplo. Para que esto sea posible, los de St. Louis gastan tres millones de dólares por día en Investigación y Desarrollo, y calculan que cada nuevo gen les cuesta entre 120 y 150 millones de dólares.

Emilio Oyarzábal es argentino y lidera el área de Desarrollo Técnico de Monsanto en Estados Unidos. Sostiene que los avances tecnológicos son imprescindibles y que, si se usa tecnología vieja, se paga un precio. “En Argentina hay variedades de s

Temas en esta nota