El nuevo paradigma global

Los autores repasan las variables que condicionaron a la producción de alimentos desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, y aseguran que “los precios artificialmente altos de los 2000 son la consecuencia más concreta de los precios artificialmente bajos de la posguerra“. Plantean un interesante futuro para el país.

08deOctubrede2011a las08:20

La reversión actual de los términos de intercambio no es una novedad. La balanza comercial positiva de nuestro país, que se acerca a cumplir doce años, es una prueba irrefutable de ello. Sus causas también han dejado de ser una novedad. Las famosas tres “F” que hacen referencia a las necesidades de alimentación humana (food), a las raciones para animales (feed), y a la demanda de combustibles líquidos (fuel), hoy son un hecho. Sin embargo, no parece claro cómo se llegó a este paradigma en que el mundo demanda más de lo que puede producir.

Hoy vivimos las consecuencias de la Política Agropecuaria Común (PAC), hija de la Segunda Guerra Mundial. En la Europa de entonces, arrasada y dependiente de la ayuda humanitaria provista por el Plan Marshall, la consigna era clara: el viejo continente debía autoabastecerse de alimentos. Así, Alemania y Francia comenzaron la fuerte política de defensa de su agricultura en la que se interrelacionaban herramientas como cupos, aranceles y fuertes subsidios.

Los primeros efectos de esta política se vieron en el exitoso avance de la producción hacia el superávit alimenticio que permitió a Europa no sólo producir comida para sí, sino también inundar su área de influencia africana y de Medio Oriente con productos a precios módicos.

Pero el sistema haría agua. La polinómica de subsidios premiaba la mayor cantidad producida, y los productores, que no buscaban la eficiencia, “se pasaron de rosca” cometiendo una perversión de la naturaleza: alimentaron a seres herbívoros con harinas animales. La naturaleza castigó duramente el pecado con la Vaca Loca y los movimientos ambientalistas que habían nacido para proteger el Amazonas descubrieron al demonio en su propio barrio.

El debate que siguió en torno a la PAC fue apasionante: Bruselas revisó sus errores y en adelante la polinómica ya no premiaría mayores volúmenes de producción sino que se focalizaría en mantener el estilo rural de vida en Europa. La consecuencia inmediata de esta nueva PAC fue terminante y Europa dejó de ser exportador neto de carne y otros alimentos.

No obstante, poco se ha dicho de otro gran efecto de la PAC, esto es, las miles de hectáreas de agricultura que no se habilitaron o que demoraron en tornarse productivas en el mundo. El combinado de subsidios de Europa, Estados Unidos y Japón permitió que agentes individualmente ineficientes lograran serlo como sistema productor de alimentos. Esto deprimió los precios internacionales de los alimentos durante los 50 años de la posguerra.

Estos valores hicieron inviable cualquier posible inversión para expandir la frontera agrícola global. Territorios yermos o con pastizales donde no había rutas, canales de riego, instituciones democráticas, etc., se mantuvieron inalterados, recibiendo a comienzos de los 80 la paradójica ayuda del mundo desarrollado en forma de cajas con cereales y legumbres que ellos mismos podrían haber producido. Este desperdicio de potencial estaba dando lugar a la más espantosa de las miserias.

Actualmente, sólo el 20% de la tierra potencialmente productiva de América del Sur y Africa Subsahariana lo es en forma efectiva. Por ello, los precios artificialmente altos de los 2000 son la consecuencia más concreta de los precios artificialmente bajos de la posguerra.

El nuevo escenario permite la expansión hasta ahora contenida. Sin embargo, hacer agricultura extensiva rentable y medioambientalmente sustentable no es lo mismo que extraer petróleo o ensamblar licuadoras. No sólo debe generarse conocimiento a nivel individual

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