Una relación muy despareja

El autor advierte que el debate a nivel local sobre el desarrollo de la agroindustria omite la necesidad de actuar en las negociaciones globales para la eliminación de los subsidios, justificados por la Política Agrícola Común de la Unión Europea por la supuesta existencia de un “deterioro de los términos del intercambio“.

24deDiciembrede2011a las07:39

Durante el último sexenio la sociedad argentina decidió ignorar, otra vez, la noción de que “la única verdad es la realidad”. Fue una de las pocas naciones en desarrollo que no se sumó a los tardíos pero racionales esfuerzos que comenzaron a instrumentar Brasil, Chile y otros gobiernos para revertir los serios daños económicos que se originaron en las últimas olas de revaluación monetaria, la que en algunos casos fue desatada por la “guerra de divisas” que originó la crisis financiera.

Hasta pocas semanas atrás la dirigencia política criolla no sólo apostaba con fe religiosa al “viento de cola”, sino que desconocía con igual fervor la importancia de entender y neutralizar las consecuencias externas de la crisis del campo y la de abortar cuanto antes la nueva versión de la plata dulce.

La mayoría de los especialistas creían a pie juntillas que los altos precios agrícolas garantizarían un prolongado ciclo de crecimiento, y los más entusiastas no se cansaban de repetir que la agro-inflación mundial ocasionaría por sí sola la muerte natural de los subsidios agrícolas.

A ese clima artificial se incorporó un interesante proyecto que desde mediados de año circula para comentario (Aportes para una Política de Estado), el que reconoce la autoría responsable de cuatro ex Secretarios de Agricultura. Es un trabajo que contiene una multitud de valiosas recomendaciones como la propuesta de eliminar las restricciones a la exportación, la adopción de criterios de desarrollo sostenible, la modernización sectorial o la necesidad de concluir un paquete sistemático de negociaciones regionales y bilaterales como las que están pendientes entre el Mercosur y la Unión Europea, pero en el que no se advierte gran entusiasmo por seguir auspiciando una activa y explícita gestión para neutralizar los subsidios que distorsionan la producción y el comercio global de los bienes que se originan en el sector agrícola. Tampoco en enumerar las reglas y concesiones esenciales que deberían incorporarse en cada acuerdo de integración para lograr que estos instrumentos sean fuentes reales y equilibradas de creación de intercambio.

El documento parece descartar la noción de que el mundo va en otra dirección y que ese rumbo no da genuinos motivos para dar por obsoleta a una de las pocas políticas de Estado que respetó la Argentina desde reinstaurada la democracia, como la que se refiere a lograr que la agricultura reciba los mismos derechos y obligaciones internacionales que desde 1948 se aplican, sin excepción, a todas las restantes actividades económicas. Sobre todo, cuando influyentes gobiernos del declinante mundo desarrollado o ciertas voces proteccionistas a nivel regional o multilateral, como la del relator especial sobre el derecho al alimento de la comisión de Derechos Humanos de la ONU, Olivier De Schutter, abusan de la sensibilidad generada por la dimensión que acaba de adquirir el problema del hambre, para sugerir el disparate de volver atrás los embrionarios progresos realizados en la Ronda Uruguay de la OMC, sin otro argumento que la osadía y la improvisación. Esta vez recayó sobre los cuadros profesionales de la FAO la tarea de demostrar, una vez más, que la incontinencia verbal de ese académico belga tiene exiguos fundamentos.

Nada indica que los altos precios agrícolas comenzaron a inspirar el fin o el recorte parcial de ayudas oficiales. Por ahora, los hechos demuestran que la Ronda Doha de la OMC está clínicamente muerta y que sus modestos compromisos sobre eliminación o baja de subsidios son material de a

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