Cambalache 2011: balance de un año que será bisagra para el mundo

El fin de la triple A para EE.UU., la crisis de Europa y un mundo emergente cada vez más poderoso podrían señalar el fin de un ciclo en la historia económica mundial.

30deDiciembrede2011a las07:54

Como quien emerge con una fuerte resaca después de una larga noche de juerga y borrachera, el mundo se despide de este 2011 con la sensación de no recordar con exactitud lo que le sucedió a lo largo del año, con una cierta mezcla de déjà vu junto con imágenes borrosas de algo que ocurrió pero que todavía no se entiende cómo pudo haber pasado.

Y, sin embargo, este 2011 que finaliza tiene grandes chances de convertirse en un año bisagra desde el punto de vista económico, financiero y político, al estilo de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín y comenzó el derrumbe de todo el mundo comunista. Porque no todos los días se le rebaja la calificación AAA a la deuda soberana de EE.UU., considerada parámetro de medición mundial durante más de medio siglo, ni tampoco se ve a Europa tan convulsionada sin necesidad de recurrir a una guerra.

Y, menos que menos, se asiste a un concierto de naciones que, hasta hace 20 años atrás se seguía llamando despectivamente “Países en Vías de Desarrollo”, pero que ahora son los que dan las lecciones de probidad al resto del mundo desarrollado.

Si uno se ciñe a lo ocurrido durante 2011, salta a la vista que gran parte de los hechos acaecidos son consecuencia directa de la crisis financiera internacional que vive el mundo desarrollado desde mediados de 2007. Y que, en simetría con la crisis de la deuda latinoamericana de los ’80, ahora les toca a las economías de Europa y EE.UU. vivir la dolorosa experiencia de hundirse bajo el peso del déficit fiscal y del endeudamiento excesivo.

E incluso en muchos casos, optar por la receta del ajuste (el famoso Consenso de Washington) para tratar de salir del pantano y después darse cuenta que se obtuvo el efecto contrario. Como se dijo, la resaca financiera tiene un cierto aire de déjà vu, pero como si se mirara a través de un espejo, lo que dificulta su comprensión.

Así comenzó el año que se va, con la imagen de Europa tratando de resolver el entuerto de la crisis griega y portuguesa y evitando a toda costa el contagio a países con mayor peso relativo como España e Italia.

Pero cuando todos estaban mirando hacia Europa, ocurrió un hecho de esos que no se ven venir y que cambian las cosas de manera profunda: varios países árabes se rebelaron contra sus gobiernos autocráticos poniendo fin a décadas de estabilidad geopolítica y llevando el precio del barril de petróleo por encima de los 100 dólares, la peor noticia para un mundo desarrollado que buscaba con desesperación la reactivación.

Para Japón, que nunca se recuperó de un estancamiento económico que lleva más de una década, el mes de marzo fue como una señal del Apocalipsis. Las imágenes en vivo del mayor terremoto y tsunami de los últimos 140 años, junto con la explosión de la central nuclear de Fukushima, mostraron lo vulnerables que pueden ser los países y más si ya vienen lidiando con una situación económica delicada (según las estimaciones del Banco Mundial, el costo del cataclismo llegaría a 4 puntos del PIB japonés).

Pero marzo también mostró que los esfuerzos por evitar el contagio europeo eran infructuosos: la agencia Moody’s anunció que rebajaba la calificación a la mayoría de los bancos españoles por los riesgos de sus carteras e inversiones.

Al mes siguiente, la política del Banco Central Europeo de subir la tasa de interés de referencia (del 1% al 1,25%) para evitar el riesgo inflacionario fue el caldo de cultivo que movilizaría a millones de personas en Europa contra las políticas de ajuste en marcha, dando nacimiento al movimiento de los “indignados”, las mayores protestas civiles desde 1968. Pero también en abril Standard

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