Moreno acumula más fracasos que éxitos

Hay una anécdota que pasó inadvertida en la pelea entre el Gobierno y el campo y que, por extravagante, debería quedar en la historia de la ganadería argentina. En pleno paro patronal, por orden del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, el Ejército mandó parte de sus vacas al Mercado de Liniers. El apuro hizo que, entre las cabezas, viajaran animales preñados.

31deDiciembrede2011a las08:55

Moreno había dado una instrucción idéntica en 2006, cuando se enfrentó con los consignatarios tras la aplicación de precios máximos para la hacienda. En esos días llamaba también a dirigentes de la Unión Industrial Argentina, muchos de ellos productores ganaderos, para llenar los corrales vacíos; clausuraba frigoríficos y enfrentaba a martilleros. A uno de ellos, Víctor Susini, lo echó de una reunión después de un violento entredicho.

Fue como una magnífica epopeya inconclusa. Porque, desde entonces, el stock vacuno perdió 11 millones de cabezas -es decir, un 20%- y los precios subieron casi 200%. El peor costo lo pagaron productores de la zona sur o del sudoeste de la provincia de Buenos Aires, donde hay pocas alternativas a la ganadería, que en ese proceso decidieron arrendar sus campos y vender la hacienda. Como los precios de las vacas subieron, muchos nunca pudieron volver al negocio. Además, mientras se encarecían los valores, el consumo de carne por habitante, entonces en los 65 kg, subió en 2007 a 69 kg y se desbarrancó después casi sin remedio: 68 kg entre 2008 y 2009; 58 kg, en 2010, y 53 kg este año, el nivel más bajo de la historia argentina.

Fue el primero de los sectores afectados por la mano del secretario, que tres años después terminó silbado por los trabajadores de la ex papelera Massuh. Parado sobre una bobina de papel, y en medio del abucheo, intentaba convencerlos de que se fueran por las buenas de la empresa que él había intervenido en 2009 y rebautizado Papelera Quilmes. Ni el ajuste alcanzaba: la compañía, que tenía 500 empleados, tuvo que cerrar.

Otras gestas lo vieron ganar. En el crudo invierno de 2007, el Gobierno venía de aplicar cortes de electricidad de hasta 8 horas diarias, durante 69 días ininterrumpidos, a todas las empresas grandes y medianas del país. Faltaban pocos meses para las elecciones presidenciales y, con el aval de Néstor Kirchner, Moreno tomó las riendas. Llamó, amenazó, presionó, negoció con los grandes consumidores. Ordenó forzar los embalses del Comahue hasta un nivel riesgoso para los técnicos, pero lo consiguió: se terminaron los cortes y la Argentina llegó a octubre sin problemas significativos en los hogares, lo único que le importaba al poder. El máximo ejecutivo de una empresa eléctrica, enfrentado hace tiempo con el secretario, admitió entonces ante este cronista: "Nunca estuvimos tan cerca del desastre. Nadie lo supo. La verdad es que Moreno salvó al Gobierno de un black out a semanas de las elecciones".

Son las contradicciones que genera el funcionario más poderoso que tiene Cristina Kirchner. A veces, sus intervenciones sirven sólo para hacer tapas de diarios, detalle nada despreciable en una administración que se desvive por "el relato". Por ejemplo, su exitosa convocatoria a la Casa Rosada para anunciar, el 14 de septiembre de 2006, junto con presidentes de 14 bancos, el Plan Inquilinos, una iniciativa que preveía facilitar créditos hipotecarios para adquirir la primera vivienda, que los clientes pagarían con la misma cuota del alquiler y a tasas de un dígito. No funcionó: el único banco que lo terminó ofreciendo fue el Nación y no se entregaron más de 10.000 préstamos. Resultados parecidos obtuvo, cada uno a su turno, con los programas "Bicicletas para Todos", "Milanesas para Todos", "Carne para Todos" y, el más pintoresco, "Pescado para Todos", para el que se utilizó una pescadería ambulante en Plaza de Mayo y cuya primera compradora fue la propia Presidenta con un kilo de merluza,

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