Los costos internos condicionan los beneficios de la globalización

07deJuliode2000a las08:20

Escribe Manuel Alvarado Ledesma (*)

¿Estamos globalizados? ¿Tenemos una economía realmente abierta al mundo?No hay duda de que, desde el inicio de la última década, nuestro paísingresó de lleno en la globalización, al tiempo que ponía en marcha unapronunciada política de apertura económica.

Sin embargo, persisten problemas que impiden un mayor salto en la produccióny, consecuentemente, en la exportación agroalimentaria.

Es sabido que la globalización es retroalimentada cuando se generalizanmodelos de libre mercado con desregulaciones y privatizaciones. Así es que, alexpandirse a otras regiones del planeta, el crecimiento que trae aparejadoestimula el comercio y el consumo. Se trata de una demanda no sólo de productosdiferenciados sino también de commodities agrícolas.

Un elemento central

Pero al mismo tiempo, la propia globalización conduce a un nivel decompetencia extremo y creciente entre las empresas de los distintos países. Alhaber un mercado único junto a innumerables posibilidades de comprar y venderen cualquier país, la cantidad de competidores crece geométricamente, por loque la batalla comercial se hace cada vez más dura. En ese contexto, lacompetitividad es el elemento central del comercio.

¿Qué pasó con el sector agropecuario en nuestro país? Al iniciar uncamino de apertura económica, luego de haber sido uno de los países másproteccionistas del mundo, la globalización ingresó sin mayor aviso en laArgentina. Con su irrupción, el sector agropecuario se comportó como uno delos de mayor agilidad para adaptarse a la nueva situación. En pocos años,logró incrementar su producción y productividad. Su papel en las exportacionesno tiene parangón en ningún otro sector: el 35% de ellas son aportadas por elagro únicamente y, al considerar todo el sector agroalimentario, ese porcentajesube a 60%.

Muchos cambios

Sin embargo, la globalización llegó a toda la esfera de sus ingresos, perono exactamente a la de sus costos. Y hubo que aprender a trabajar en un mundo dealtibajos. Este proceso de apertura (que viene de adentro) y de globalización(que viene de afuera) generó nuevas tendencias y acentuó viejas inclinaciones.Al respecto, se destacan con claridad la supremacía de la agricultura sobre laganadería, la concentración geográfica de los cereales oleaginosos, elaumento de la productividad y la disminución del número de explotacionesmedianas y pequeñas.

Como se advierte, hubo cambios positivos, aunque no todos lo fueron. Es que,en realidad, la apertura se realizó discriminando al sector para poder mantenerun alto grado de protección sobre otras áreas y para evitar los costos dellevar a cabo una gestión más eficiente en el control del gasto público.Claramente, se advierte que pese a la globalización y la declamada apertura,persiste la inercia de la vieja política de sustitución de importaciones y deun Estado gravoso.

Economía semicerrada

De este modo, el sector agropecuario ha quedado prisionero de un esquema deeconomía semicerrada en el que debe financiar el proteccionismo aplicado aotras áreas. Curiosamente, mientras nos globalizábamos y abríamos, el preciodel gasoil –por su carga impositiva– crecía 25% y el costo de los fletesinternos y de los laboreos agrícolas subía 30%, todo ello en un marco depresión impositiva creciente e impuestos superpuestos (ingresos brutos). A estodebe agregarse la injusta participación que debe asumir la producción abonandouna suerte de impuesto no reconocido como tal: el IVA no descargado.

A su vez, mientras nos insertábamos en el mundo, la tasa de interés realalcanzaba valores nunca vistos, por su persistencia, en la historia económicadel país. Este factor limita la inversión y expulsa a buena parte de lospequeños productores de la actividad.

¿Estamos globalizados? Sin duda, la respuest

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