El agro sin recursos ni representatividad

20deSeptiembrede2000a las08:38

Escribe Juan José Guaresti (nieto) Economista, miembro del FrenteAgropecuario Nacional (FAN).

Desde hace muchos años dirigentes políticos, empresarios y supuestoslíderes del sector, atribuyen a los subsidios que pagan determinados países asu producción agropecuaria, los males que aquejan a la nuestra. Cada tantoacuden a un foro internacional, pronuncian discursos contra esta competenciadesleal, vociferan un poco en el ámbito local y, finalmente, consienten que elagro reciba un impuesto devastador al gasoil, o tasas de interés que laactividad no puede pagar o tributos que carecen de justificación o peajes quedeberían ser llamados exacciones que en buena medida gravitan sobre losproductores.

Cuando alguno de éstos protesta aisladamente, dado que muchos que dicen sersus dirigentes prefieren «prudentemente» no hacerlo, lo consuelan diciéndoleque tiene que aguantar en homenaje a la libertad de mercados y la librecompetencia. Otra excusa de estos dirigentes para justificar su inacción esecharle la culpa de la situación del agro a una supuesta transferencia deingresos a la industria... cuando saben perfectamente que tanto una como otrason las víctimas de la convertibilidad con atraso cambiario y déficit fiscal.

Competencia

Según todos los manuales de economía desde los más sencillos a lostratados, los productores agropecuarios integran lo que se llama técnicamentemercado de competencia perfecta, es decir aquél donde existen muchísimosoferentes, ninguno de los cuales puede influir en nada respecto del precio y dela cantidad que llega a ese mercado. Lo que venden en la inmensa mayoría de loscasos son productos indiferenciados, de manera que es prácticamente imposibleobtener por cada kilo de carne o de cereal, algo más por la propia producciónde lo que obtiene el vecino. Además buena parte de esa producción no se puedeguardar mucho tiempo o no puede hacérselo en forma económica, de manera que,dicho en términos generales, el productor agropecuario se ve obligado avenderla más temprano. Como existen muchos productores resulta que los preciosque reciben terminan siendo muy cercanos a sus costos y depende su bonanza operjuicio de lo que ocurra en los mercados internacionales.

La Argentina, para poner un ejemplo, no puede vender el trigo o la carne alprecio que considere conveniente sino que se limita a tomar el precio que fijanesos grandes centros comerciales, sobre los cuales no tiene poder de influir deninguna manera.

Es por eso que los manuales de economía enseñan que la utilidad que produceel agro es muy baja porque el precio de venta está muy próximo al costo y losbeneficios, si los hay, son reducidos.

El agro, por el tipo de mercadería que vende, no está en condiciones desoportar alzas en los impuestos y en sus gastos en general y solamente puede,para obtener mayores ingresos, aumentar su producción en la medida en que seafactible hacerlo económicamente o disminuir sus costos. Como esto lo sabenTODOS los productores agropecuarios, TODOS tratan de intensificar la producciónpero como TODOS lo están haciendo, aumenta la oferta global y los precios caenmás abajo de lo que estaban antes y al final del camino se encuentran batiendorécords de lo que extraen de su campo pero cada vez más endeudados yempobrecidos.

Esta paradoja de la miseria en plena abundancia es una lamentable verdad queconduce a que las nuevas generaciones rurales abandonen en gran número loscampos y se refugien en las ciudades donde aumentan la población de las«villas miserias» o recalan en los pueblos en busca de algún empleo públicoen el que no prestan ningún servicio que valga la pena, pero que les ayuda adisimular la pérdida de un estilo de vida sano y socialmente útil.

Los intentos efectuados por la Argentina (y otras naciones) para que lospaíses que subsidian la producción agropecuaria dejen de hacerlo y compren aaquellos que pueden producir

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