La devastación de la pampa húmeda

Por
13deNoviembrede2000a las08:38

No vacilarían en disponer la realización de algún plan hídricointegral.

Pero como cualquier plan de esta naturaleza demanda bastante tiempo, más delperíodo que fija la Constitución, los gobiernos son renuentes a promover obrasque excedan ese lapso.

Entonces, todo se limita a realizar obras, todas ellas desagregadas, quesólo sirven —en algunos casos— para atenuar los efectos de aquellacatástrofe.

Así tenemos entonces, inundaciones recurrentes que producen devastacionesseveras. Destruyen cultivos, impiden realizar otros, afectan la actividad delcomercio y de la industria, aislan poblaciones y ciudades y provocan, incluso,mayor desocupación en aquellas localidades que tanto dependen del sectoragropecuario.

En esta cuestión, por lo tanto, hay una desidia generalizada tanto de losgobiernos nacionales y provinciales que han sido testigos de los gravesproblemas que causan los desbordes de ríos y lagunas por lluvias que excedenlos registros anuales o se concentran en muy poco tiempo.

Alrededor de 2 millones de hectáreas están anegadas en el noroestebonaerense sobre un total de 4,5 millones.

Las perspectivas no son las mejores porque tras la inundación hay queaguardar el escurrimiento del agua y luego ver como quedó la tierra parareanudar las tareas agrícolas.

Existe en la provincia de Buenos Aires el llamado plan maestro de la Cuencadel Salado cuya construcción demandaría unos 10 años a un costo de alrededorde 600 millones de pesos.

El plan ha recibido objeciones, particularmente de aquellos productores queverían sus establecimientos inexorablemente invadidos por las aguas en elmarco, precisamente, de esa obra.

Técnicos del INTA han manifestado, incluso, sus reparos respecto de lacreación de inmensos reservorios de agua que propone el plan.

Por cierto, hay quienes expresan su elogio por la propuesta y consideran quese trata de la única capaz de resolver los problemas que derivan de lasinundaciones.

Pero, claro, emprendimientos de esta naturaleza no son fáciles de llevaradelante en tanto no existen consensos absolutos.

No obstante, algo hay que hacer. Los gobernantes no pueden acudir a apagar elincendio una vez que éste se declaró.

Expertos de aquel organismo han manifestado que no se puede comenzar ningunaobra aguas arriba y esto es lo que se ha venido haciendo.

Hay distritos e incluso productores que abren canales sin importar haciadonde deriva el agua. La cuestión es sacársela de encima.

Y esto se transforma en un planteo anárquico, porque si bien alguien puedever resueltas sus dificultades, seguramente trasladó aguas abajo el problema.

Así no sirve. Se requiere, en consecuencia, de un plan orgánico, estudiado,debatido con todos para ver si es el mejor camino.

Si no sirve, pues hay que cambiarlo y, paralelamente, elaborar otrapropuesta.

Lo peor que puede pasar es que todo siga igual, las inundaciones aparezcancon cierta recurrencia y la producción agropecuaria, el comercio y la industriapaguen las consecuencias de la incompetencia oficial. (NA)

¡Enterate de todas las novedades!

Temas en esta nota