Paradojas de la Soja Solidaria

15deOctubrede2002a las09:45

El bioquímico Francisco García-Olmedo, de la Universidad Politécnica de Madrid, analiza para El Cultural el papel que juegan los transgénicos tanto en las sociedades desarrolladas como en las del tercer mundo, las confusiones –a veces malintencionadas– en torno a estos alimentos y, de forma particular, el reciente caso de la Soja Solidaria ocurrido en Argentina.

Cruzo el parqué de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, uno de los puntos neurálgicos de la economía argentina. La sesión está a punto de empezar. Hay un clima de optimismo por la notable alza de los precios del grano que está teniendo lugar en Chicago. Argentina y Brasil superan ya a Estados Unidos en la exportación de soja, y la cosecha en este último país ha sido floja. Sólo en Argentina, 11 millones de hectáreas de dicha especie han rendido más de 70 millones de toneladas de haba. Casi toda la sembrada es transgénica, lo que permite la siembra directa –con menos consumo energético, menos erosión y mayor respeto a la biodiversidad del suelo laborable– y adicionalmente facilita el cultivo en zonas adversas. Argentina necesita de esta bonanza para reparar su maltrecha economía.

Me dirijo al amplio auditorio de la Bolsa, donde debo pronunciar una conferencia. La sala está llena. Alguien empieza a repartir octavillas y a continuación toma la palabra para denunciar el programa Soja Solidaria. Conmigo está el Dr. Victor Hugo Trucco, bioquímico convertido en productor de soja, presidente de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (AAPRESID) e impulsor de la vituperada iniciativa. Al terminar mi charla tengo oportunidad de conocer en qué consiste dicho programa. En contraste con los estadounidenses, que consumen directa o indirectamente la mitad de la soja que producen, los argentinos exportan toda su producción, a pesar de que en la actual coyuntura la subnutrición amenaza a más de la mitad de la población. Sencillamente, no hay tradición de consumo de soja en el país. El programa Soja Solidaria consiste en el reparto repetido de lotes de varios kilos de grano a quien lo necesita, previa instrucción de cómo preparar leche de soja y de cómo cocinar su harina. En el mercado libre, unas decenas de céntimos de euro bastan para comprar un kilo de grano –la diferencia entre el hambre y la saciedad para una persona durante unos días–, pero en este caso la donación por los productores es gratuita y tanto ésta como la recepción son voluntarias. Me explican que la protesta viene de un grupo de origen montonero que se opone al reparto por razones políticas y económicas –lo que está dentro de las reglas del juego– pero que usa como arma en su lucha el supuesto riesgo para la salud humana de este grano. Esto último, aparte de falso, es inaceptable porque interfiere de forma espuria y perversa en la solución de un problema grave.

Volé a Zimbawe en 1999. La ruta aérea dejaba al este las húmedas y fértiles regiones donde los propietarios de unas 4.000 grandes explotaciones, casi todos herederos de los antiguos colonos blancos, producían maíz con unos rendimientos superiores a la media estadounidense. En el resto de las regiones, en más de un millón de granjas comunales y pequeñas propiedades se practicaba una agricultura de subsistencia en la que el rendimiento del maíz, aunque progresivamente mejorado, no superaba con frecuencia una tonelada por hectárea. En Zimbawe, como en gran parte de África, ese grano foráneo se ha convertido en el alimento básico para el ser humano, y la situación productiva se percibía como comparativamente favorable porque no sólo permitía el autoabastecimiento sino que dicho grano era parte importante de las muy necesarias exportaciones del país a sus vecinos.

Leo que la situación ha cambiado drásticamente desde entonces, debido a la sequía y a la caótica política de redistribución de tierras, un tardío acto de just

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