De país de pioneros a país de burócratas

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07deNoviembrede2002a las08:08

Para LA NACION

El más evidente dato de nuestra decadencia se aprecia en la desconfianza colectiva que ha terminado por romper el pacto social. No nos sentimos integrados, no creemos en nadie, desconfiamos. Se llega al absurdo de querer consignar todo por escrito. Se hace culto de las formas y se descuida y menosprecia el fondo de las cosas. Si algo nos enseña la historia, es que muchos de los hombres que con justa razón ocupan un lugar en la memoria colectiva debieron en su momento desobedecer las órdenes superiores para cumplir la misión a ellos encomendada.

Los vetustos españoles tenían una sabia institución que llamaban juicio de residencia, por la que se convocaba a los vecinos a expresar sus agravios contra el funcionario saliente, después del cumplimiento de su mandato, pero el propio Consejo de Indias juzgaba y sopesaba la calidad de la administración. En síntesis, si había hecho obra, si había prosperado el territorio bajo su gobierno, o no. De tantas cosas heredadas, no hemos tomado esta institución que cada día se ve más necesaria.

La historia juzgará

Cuando no había aún alambrados, el inmigrante recién llegado uncía seis caballos a su arado y extendía el surco hasta donde perdía la vista, sin saber a ciencia cierta si había cruzado la línea divisoria del vecino. Pero las cosechas salían bolsa tras bolsa cargadas al hombro. No tenía papeles, tenía un arado. No se preguntaba si era domingo o si tenía aguinaldo.

Hoy creemos que todo se da por sentido mágico. La magia, ese sentimiento de fe inconsistente, domina la voluntad y creemos que todo se dará por añadidura. Finalmente la magia se encapsula en reglamentos y disposiciones. Las infinitas trabas de la burocracia son el arma indispensable de los mediocres para justificar sus ingresos y su poder, de tal modo que gobiernan nuestras vidas seres anónimos, atrincherados detrás de también anónimos escritorios, que escriben impedimentos también anónimos, que cortan las alas de quienes quieren realizar. De los pioneros nuevos que no pueden uncir otros tipos de caballos a otra clase de arados.

La historia, que trabaja un mundo muerto, juzgará: se olvidará de los que trabaron el país y rescatará a los que hicieron, sobre todo a aquellos que lo dieron todo sin pedir nada y salieron empobrecidos de la función pública, que los hay, confundidos y mezclados con los que medraron en las sombras. El mundo olvidó el nombre de los obispos que condenaron a Galileo, pero recuerda al padre de la física moderna.

Por todos los mediocres formalistas, restrictivos y estériles siento una profunda piedad, una benevolente misericordia, porque actúan durante toda su vida bajo la presión del miedo, de la conformidad con las mayorías, evitando contradecirlos, aun contra sus más íntimos sentimientos.

El país, su población, su gente y también el mundo, que nos mira azorado, tendrán que saber alguna vez que la raíz de nuestros males está en la red inextricable, inexplicable e incumplible de una maraña de leyes, decretos, resoluciones y disposiciones de todos aquellos que quieren justificar su cuota de poder y su cuota de presupuesto, abonada y sostenida por sus víctimas, es decir, el pueblo que la paga.

Esta maraña tiene un costo abrumador. La Argentina debe mirarse al espejo. Todos debemos hacerlo y preguntarnos a solas si hemos cumplido nuestra cuota ciudadana. Nadie está exento.

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