El campo se puso una meta

Temas de la semana: objetivo, 100 millones de toneladas de granos

12deAbrilde2003a las07:01

Héctor A. Huergo. DE LA REDACCION DE CLARIN

Más de 200 asistentes al seminario de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, el jueves último, es un indicador del estado de deliberación en que se encuentra la vanguardia agropecuaria. Es lógico, cuando se avecina un cambio de gobierno que encierra cierta expectativa de modificación (o confirmación) de la política para el sector.

Si se tratara de otro ámbito, uno podría fácilmente inferir que cuando se habla de "deliberación" se debe leer "presión al gobierno" o simplemente "lobby". Pero los que hacen punta en el campo no están para el lobby (debieran estarlo), sino para la reflexión profunda y permanente. Es impresionante la diferencia de actitud entre el nuevo empresariado rural y lo que se observa en otros ámbitos de la economía y la sociedad. Desde hace muchos años, el campo está en un proceso de mejora continua tanto de los sistemas de producción como de administración del negocio. Ahora está cada vez más comprometido con su propia causa, y para ello necesita convencer a la sociedad de que el campo vale la pena. Que le sirve a la sociedad no sólo como generador de divisas sino como fuente de empleo y actividad económica en el interior. Y, como planteó Jorge Ingaramo, el economista de la Bolsa de Cereales que organizó el seminario, los productos agrícolas son los de mayor valor agregado de la economía nacional.

Lo que se puso de manifiesto en el evento de la Bolsa fue la convicción, cada vez más generalizada, de que la copa está más vacía que llena. Si algo quedó en claro, a partir de los trabajos bien sustentados por los panelistas, es que el objetivo de las 100 millones de toneladas de granos (más otro millón de carnes) se puede alcanzar a la brevedad. Y que si se modificara el mix de productos, incorporando más participación de los granos forrajeros, se podría superar cómodamente esa cifra con la tecnología hoy disponible.

Paradójicamente, esto crea angustia. Adolfo Sturzenegger planteó de manera brillante las fuerzas que dominan la escena desde hace muchos años: en un rincón, la alianza entre los macroeconomistas (preocupados por la inflación y las necesidades fiscales) y el lobby de la sustitución de importaciones (industriales que quieren salarios bajos, alta protección con alto tipo de cambio y aranceles); en el otro, la dirigencia del agro. El platillo de la balanza siempre bajó del lado de los primeros, bajo la plomada de los derechos de exportación, que matan dos pájaros de un tiro: alimentos artificialmente baratos (forma de compensar salarios bajos), y facilidad para recaudar. La consecuencia es que el agro padece, como consecuencia del modelo, los síntomas de la inanición tecnológica. Por eso ahora la copa está medio vacía. No es tan grave como en los 80, cuando la exacción llegó al 50%, pero retenciones del 20%, más las diferencias entre IVA compras e IVA ventas y la remanida cuestión del ajuste por inflación, ponen un toque de alerta.

Fue muy claro esta semana Eddy Fay, director de Cargill Fertilizantes, cuando dijo en Canal Rural que cada vez le da más trabajo convencer a sus jefes de Minneapolis respecto a invertir en la Argentina. Señaló que están con mucha fuerza en Brasil, donde se ve que el agro forma parte de una política de Estado. "Allá no hay retenciones, sino medidas de apoyo que, sin ser subsidios, permiten un crecimiento continuo de toda la producción de alimentos exportables".

Aquí hay crecimiento, es cierto, pero restringido. Lo único que se está expandiendo de manera consistente es la soja. Y esto es también consecuencia del modelo restrictivo de las retenciones. Es que la soja no requiere grandes cantidades de fertilizantes, utiliza semilla "propia", los productores no pagan regalías por la tecnología RR, y ademá