Transgénicos: el toro por las astas

El pasado 14 de mayo, los Estados Unidos junto a Argentina, Canadá y Egipto han presentado una queja formal contra la Unión Europea (UE) en la Organización Mundial de Comercio (OMC).

23deMayode2003a las09:13


West Lafayette, Indiana (Estados Unidos). El pasado 14 de mayo, los Estados Unidos junto a Argentina, Canadá y Egipto han presentado una queja formal contra la Unión Europea (UE) en la Organización Mundial de Comercio (OMC). El motivo es la moratoria del viejo continente para aprobar el comercio de nuevos productos transgénicos cualquiera sea su tipo y origen. Si bien esta moratoria impuesta en 1998 excluye a los cultivos aceptados previamente (por ejemplo soja) impide la introducción de nuevos productos y/o alimentos elaborados con materias primas transgénicas. Esta vez, la pelea parece en serio y el ímpetu norteamericano puede hacer la diferencia.

Antecedentes

Los cultivos transgénicos comenzaron a plantarse en 1995 y se han expandido a un ritmo de 7,5 millones de hectáreas por año, totalizando 60 millones durante el 2003. Semejante grado de aceptación sólo indica una cosa: que el ADN y el productor agropecuario se han hecho más que buenos amigos. Sin embargo respecto de la demanda, los consumidores de carne y hueso, las cosas no son tan claras. Si para un ama de casa es imposible diferenciar un aceite derivado de transgénicos de uno natural, ¿por qué comprar lo genéticamente modificado, que suena a producto de la granja de Frankestein?

La presentación de los Estados Unidos estaba preparada desde hace tiempo, pero ciertos factores animaron al secretario de Comercio, Robert Zoellick, a romper lanzas contra los europeos.

En primer lugar, una de las academias de ciencias más prestigiosas del mundo, la Real Sociedad Británica, concluyó en febrero que no existe ningún riesgo creíble para la salud inherente a los alimentos transgénicos, sumándose a una multitud de pronunciamientos similares en el pasado. Además, la superficie sembrada con cultivos transgénicos en Norteamérica no cesa de aumentar, al igual que los animales alimentados con estos cereales y oleaginosas por lo que, si finalmente la UE no aceptase este tipo de productos, el perjuicio económico sería enorme. Por otro lado, las negociaciones multilaterales sobre la apertura comercial para alimentos en el marco de la Ronda de Doha parecen dirigidas a un fracaso total debido a la intransigencia europea y nipona. Por último, la UE acaba de ganar un caso contra Estados Unidos en el ámbito de la OMC por subsidios encubiertos a las exportaciones. La factura para el mencionado país sería de 4.000 millones de dólares. Es decir, se acabó la diplomacia gentil.

Etiquetado y trazabilidad

El contraataque europeo ya estaba anunciado de antemano: exigir etiquetado y trazabilidad de todo producto que ingrese a la UE. El etiquetado básicamente estipula si el producto es elaborado con o sin materias primas transgénicas, lo que es razonable para garantizar el derecho de elección del consumidor.

No sería muy difícil para la Argentina cumplir con una condición así, ya que por default se podría etiquetar todo como transgénico, y si el diferencial de precios lo justifica crear un circuito logístico paralelo para manejar los productos no-transgénicos.

El gran problema es la trazabilidad, es decir el seguimiento de todos los eslabones desde el potrero o el tambo hasta la góndola. Semejante tarea representa un desafío logístico titánico, sumamente difícil de encarar para nuestro país. Los justificativos económicos, legales, técnicos y éticos son muy ambiguos, pero complicaría mucho las posibilidades argentinas de proveer alimentos al mundo, sólo para que el ama de casa belga pueda hablar por teléfono con el tambero de Villa María. En síntesis, no parecería tener otro sentido más que el de empantanar una negociación.

Por último, el

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