Castro, entre el mito y la realidad

Las manifestaciones de adhesión que ha recibido Fidel Castro durante su permanencia en nuestro país, que culminaron anoche con una multitudinaria concentración en las escalinatas de la Facultad de Derecho de la Universidad local

27deMayode2003a las09:08

Las manifestaciones de adhesión que ha recibido Fidel Castro durante su permanencia en nuestro país, que culminaron anoche con una multitudinaria concentración en las escalinatas de la Facultad de Derecho de la Universidad local, invitan a una amarga reflexión sobre la forma distorsionada en que son evaluadas las conductas de determinados gobernantes cuando el mito y la fantasía se entremezclan con la realidad.

La ovación que se le tributó al autócrata cubano en el recinto del Congreso Nacional durante el acto de juramento y toma de posesión del presidente Néstor Kirchner y la invitación que se le formuló para que dictara una clase en el Aula Magna de la mencionada casa de altos estudios -iniciativa esta última que derivó finalmente en un acto en las escaleras de acceso a la facultad- confirman la vigencia de un liderazgo difícil de explicar si se tiene en cuenta que se trata de un dictador sombrío, que gobierna su país desde hace cuarenta y cuatro años y que no duda en fusilar y encarcelar a sus opositores sin el menor escrúpulo.

Llama la atención que los mismos sectores que valoran la democracia como sistema político y exaltan el ideal de la libertad, así como el respeto irrestricto a los derechos humanos, proclamen su admiración por un hombre público que durante más de cuatro décadas ha gobernado a su país por el puro imperio de la fuerza, sin preocuparse jamás por consultar la voluntad del pueblo en comicios libres y sin rendir cuentas a ningún tribunal de sus crueles y sanguinarios excesos.

Que nuestros legisladores nacionales, elegidos por el voto popular, lo hayan aplaudido calurosamente y que las autoridades de la Nación y de la ciudad de Buenos Aires le haya dispensado el mismo trato que se otorga a otros gobernantes de auténtico cuño republicano constituye una verdadera afrenta a las instituciones democráticas. Que una multitud estudiantil se haya congregado a su alrededor y lo haya ovacionado pone en evidencia las profundas contradicciones internas en que incurren algunos sectores de la sociedad cuando están condicionados por el virus del extremismo ideológico.

Hay una incoherencia visible en la base de esos comportamientos. Se denuncian las violaciones a los derechos humanos cuando provienen de un costado del espectro ideológico o político. En cambio, se silencian o se disimulan cuando la agresión es perpetrada desde el extremo opuesto.

En abril de este año, el gobierno de La Habana aplicó la pena de muerte, en juicios celebrados a puerta cerrada, a disidentes políticos que el 18 de marzo último habían intentado huir de Cuba en una embarcación. En esos mismos días impuso severas penas de prisión a unos ochenta opositores, que fueron procesados sin el más mínimo respeto por el derecho de la libre defensa en juicio, como en los tiempos más salvajes de la era stalinista. Las condenas oscilaron entre los 14 y los 27 años de cárcel. Como en tantas otras oportunidades, el dictador cubano desconoció principios que están consagrados en todas las cartas de derechos humanos.

Entre los condenados se contaron 24 periodistas, dato que no puede sorprender a nadie, pues si algo caracteriza al régimen castrista es su absoluto menosprecio por la libertad de expresión. Desde su llegada al poder, en 1959, Castro ha perseguido de manera implacable a la prensa libre: la Cuba de Fidel ha sido y es una suerte de gran cárcel en la que no está permitido disentir con el gobierno y mucho menos expresar públicamente esa disidencia. A pesar de esos hechos patéticos e incontrastables, la figura del ya veterano dictador sigue presentando para muchos el perfil de un líder mítico, lo cual determina que algunos secto

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