Agricultura y globalización

Como anticipo del XI Congreso Nacional de AAPRESID, el autor de esta nota —académico, ex director de la UNESCO, ecólogo e intelectual italiano—, adelanta su visión acerca del rol que debe jugar el sector agroalimentario argentino en un país que, afirma, "no está destinado a declinar" y en un mundo cada vez más interdependiente.

19deAgostode2003a las08:22

Francesco di Castri, académico, ex director de la UNESCO, ecólogo e intelectual italiano

La globalización es neutra desde el punto de vista del desarrollo económico y social. Puede contribuir a excelentes resultados, incluso en cuanto a creación de puestos de trabajo y a la reducción de desigualdades y brechas sociales. O tener consecuencias económicas y sociales muy negativas, como ocurre en Africa y en menor grado en América del Sur.

La globalización es neutra desde un punto de vista político. No es absolutamente indispensable adoptar una ideología política que se suele llamar neoliberal para ganar en ese frente. Esto tal vez podría aplicarse al caso de los Estados Unidos o de España. Pero el Reino Unido tiene un gobierno socialista y laborista; Polonia y Hungría tienen ambos gobiernos llamados social-democráticos, pero dirigidos por ex-comunistas; China, Malasia o Singapur tienen gobiernos muy fuertes. Todos estos gobiernos, y muchos otros, tienen en común un enfoque empírico y pragmático, libre de rigideces ideológicas del pasado y del presente. Con soluciones "a medida" a las condiciones de cada país, evitando la simple imitación.

Darse cuenta de que ya estamos en la globalización, darse cuenta que la tradicional sociedad industrial y asistencial ha terminado, darse cuenta que estamos en plena sociedad de la información y de los conocimientos; en que la alfabetización para el desarrollo está constituida por los lenguajes digital y genético, e injertada en identidades culturales y trayectorias históricas específicas y no uniformes.

Un problema, en el mundo actual, es la falta de una gobernabilidad global, la que —por lo demás— nunca ha existido en la historia de la humanidad y que tal vez constituya una simple utopía. Los cuarenta años anteriores a la caída del muro de Berlín, que podían dar la impresión de cierto equilibrio, estuvieron dominados por el temor recíproco de las dos grandes potencias de aquel entonces, Estados Unidos y Unión Soviética. Si es mejor un mundo unipolar, o un mundo bipolar o multipolar con otras potencias que emerjan, es una cuestión que va más allá de este artículo. La bipolaridad podría venir, en estos momentos, solamente del gigante económico, tecnológico, demográfico, militar y cultural que se está volviendo China. La multipolaridad podría derivar de agrupaciones regionales, que adquieran verdaderamente una política internacional común y valiente, con todas las acciones de riesgo a enfrentar que esto implica.

La gran esperanza para una gobernabilidad global queda en el sistema de las Naciones Unidas, a pesar de su obsolescencia del presente y a la pérdida de su credibilidad. Sin embargo, su defensa debe ir acoplada con críticas y proposiciones de cambios fundamentales y radicales para reformas estructurales profundas, y de nuevos objetivos valederos para el mundo real en el cual vivimos.

Si todavía no se ven las sendas hacia una gobernabilidad global, si la gobernabilidad de los Estados y de universidades y centros de investigación muestra terribles fallas e incluso la gobernabilidad de grandes empresas privadas y multinacionales ya ha mostrado signos evidentes de no-adaptación al cambio y de irresponsabilidad, hay nuevas aperturas, potencialidades y esperanzas para la gobernabilidad local.

El nuevo acceso por internet a la información, de tipo bi-direccional e interactivo, abre campos insospechables a la gobernabilidad local ("local empowermen

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