¿Hay que hacer algo con la soja?

Se va instalando en la opinión pública la idea de que el auge de la soja es un problema y que "hay que hacer algo" para combatir este crecimiento.

08deNoviembrede2003a las08:38

"Se va instalando en la opinión pública la idea de que el auge de la soja es un problema y que "hay que hacer algo" para combatir este crecimiento", dice Marcos Giménez Zapiola en este artículo. "Fuera de este consenso en formación quedan los integrantes de la cadena de valor de la soja, una de las más importantes de nuestra economía", afirma.
Una amenaza recorre el campo argentino: el fantasma de la sojización. Funcionarios, asesores, comunicadores, ecologistas, políticos, en fin, una amplia gama de formadores de opinión levantan su voz de alerta contra los peligros que se ciernen sobre la empresa de campo, el sector agropecuario y el país por el avance de este cultivo.

El monocultivo, la dependencia comercial y tecnológica, hasta el desempleo rural, parecen ser consecuencia del crecimiento de la producción de la oleaginosa. Se achaca a esta leguminosa haber desplazado actividades tradicionales, como el tambo y el algodón, cuando en realidad la soja vino a ocupar el espacio que ellas habían dejado vacante a causa de sus respectivas crisis. De este modo, se va instalando en la opinión pública la idea de que el auge de la soja es un problema y que "hay que hacer algo" para combatir este crecimiento.

Fuera de este consenso en formación quedan los integrantes de la cadena de valor de la soja, una de las más importantes de nuestra economía. Para éstos -agricultores, propietarios de campo, cosechadores, camioneros, acopiadores, procesadores, exportadores- el auge de la soja significa dinero y ganancias que de otro modo no existirían.

Una idea para quitarle tierras a la soja es que el Banco Nación fomente la siembra de maíz a través del crédito. En condiciones de paridad, el crédito no va a cambiar las decisiones de los empresarios agrícolas: tiene que ser un crédito más barato para el maíz que para la soja. En rigor, al sistema financiero le conviene prestar dinero para la producción de soja, cuya tasa de retorno es hoy superior a la de otros cultivos. El Nación, como si no tuviera problemas, se deberá hacer cargo de la diferencia. Es difícil que esta propuesta tenga algún impacto sobre la realidad.

Otra idea es sancionar una nueva ley de arrendamientos para que los contratos tengan como mínimo tres años de duración e incluyan la obligación de sembrar maíz al menos un año. En el fondo, se supone que los propietarios y arrendatarios agricultores no conocen su interés o no entienden realmente su negocio, así que hay que llevarlos de la mano para que no tropiecen con los frutos de su ignorancia. Si esta mano es una ley de arrendamientos "mejor", a ella se aplica aquello de que "Dios nos guarde de los amigos, que de los enemigos nos ocuparemos nosotros".

El impacto de una ley de arrendamientos, aunque fueran trienales, no sería una disminución de la soja y un aumento del maíz, sino una disminución de los arrendamientos, que han sido la principal herramienta de expansión del agro en años recientes. Si se vuelve a un escenario de intervención estatal en el uso de la tierra, se corre el riesgo de repetir el período de estancamiento que se registró en 1940-70.

El miedo a la soja es en parte el miedo a que nos vaya bien. La introducción de la soja transgénica, la siembra directa, la fertilización, ha significado una revolución para muchas zonas pampeanas "de segunda" y extrapampeanas "marginales". La soja es hoy lo que el ferrocarril o el camión fueron en el pasado: la punta de lanza de la expansión de la frontera productiva. Donde entra la soja, se destapa el potencial para el desarrollo de más riqueza. El mapa del campo argentino ha cambiado, y gracias a la soja, en muchos casos se ha cumplido el anuncio evangélico de que "los últimos serán los primeros".

Estos cambios de fortuna no

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