Hay que dejarlo invertir

Es indudable que el agro es el sector de la economía argentina que posee la capacidad de acelerar, impulsar y consolidar el crecimiento sostenido que todos los argentinos anhelamos.

22deNoviembrede2003a las08:40

Es el que más invierte en el país ($ 12.309 millones anualmente), si se consideran solamente los principales granos; es el que mayor demanda de mano de obra genera (cerca de 1,6 millones de puestos de trabajo); dinamiza la economía con cuatro millones de viajes de camión para transportar 55 millones de toneladas; además, somos el país que mayor cantidad de toneladas de granos produce en el mundo por habitante (dos toneladas per cápita). Durante el presente año, la cadena agroindustrial será la responsable del 60% de las divisas que ingresen al país, razón por la cual brindará la estabilidad económica que requerimos para recuperar la confianza.

Estamos en condiciones de aumentar la productividad, hecho que se ve reflejado en los rindes de las sucesivas campañas, y de expandir aún más la frontera productiva, invertir en tecnología y generar más empleo.

Para lograrlo es condición necesaria eliminar las limitantes que afectan a los sectores productivos, recuperar la seguridad jurídica, tener reglas de juego claras, perdurables, y brindar mejores condiciones de competitividad. El objetivo de la Argentina debe ser alimentar al mundo.

La devaluación, por sí sola, no brinda mayor competitividad al país. La mejora relativa del tipo de cambio para exportar otorgó un alivio importante para el sector, pero esta medida aislada no es suficiente para los sectores productivos eficientes y dinámicos de la economía.

La incontenible voracidad fiscal que soportan las empresas rurales atenta contra los avances que nos brindaría la inversión tecnológica que, a su vez, permitiría una mejor competencia en un mercado mundial totalmente distorsionado por los subsidios que otorgan los países desarrollados. Recordemos que las limitantes para aumentar nuestra participación en el mercado mundial de alimentos no son pocas: a los 854 millones de dólares diarios que se asignan para subsidiar a sus productores y sus exportaciones se suman barreras fitosanitarias, arancelarias, cuotas y restricciones basadas en la seguridad alimentaria.

En contraposición, los productores agropecuarios argentinos no sólo no reciben subsidios, sino que pierden ingresos por un monto cercano a los 2000 millones de dólares, debido a la reimplantación de los derechos de exportación a los granos; además, deben asumir el costo financiero por montos millonarios por el efecto distorsivo que genera el aumento de carga fiscal que produce las modificaciones en la alícuota del IVA, en la venta de los granos y a partir de la devaluación, la mayor carga fiscal por el aumento de los impuestos inmobiliarios rurales provinciales, que en el caso de la provincia de Corrientes llega al 75%; la reimplantación del Impuesto a los Ingresos Brutos, como ha sucedido en la provincia de Buenos Aires, y el aumento sucesivo de las tasas viales municipales, entre otros, que restan importantes ingresos y limitan la capacidad para invertir.

Algo más que aportante

El agro es el sector más competitivo del país, y es una lástima que el Estado lo vea solamente como un aportante para cubrir necesidades fiscales, porque ésta es una visión cortoplacista que limita el gran potencial productivo y, con ello, el crecimiento sostenido que todos deseamos.

Deberíamos aprender de otros países que instrumentaron políticas estratégicas integrales basadas sobre sus sectores competitivos y que hoy son potencias reconocidas como fuertes competidores nuestros; tal es el caso de Australia y Nueva Zelanda.

Recordemos que la prosperidad se crea, no se hereda, y que la ventaja competitiva de las naciones no surge de sus recursos naturales o del tipo de cambio, sino que se genera del espíritu innovador de su gente.

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