Una historia de pioneros

Los detractores de la soja debieran documentarse un poquito más. Insisten en que la soja es un "invento de las multinacionales", interesadas en vendernos su tecnología para llevarse toda la renta al exterior, dejando en nuestro país una secuela de campos despoblados, hambre, desocupación, pérdida de identidad nacional y de soberanía alimentaria.

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29deNoviembrede2003a las08:22

Les vamos a contar la historia reciente de este maná que nos llovió del cielo cuando más lo necesitábamos.

La soja en el país no es menemista, señores, ni neoliberal ni imperialista. Si es algo —para satisfacer a quienes califican cosas en función de ideologías—, es peronista. Hubo muchos esfuerzos durante el siglo XX por introducirla, pero todos fracasaron. Eminencias de la agronomía como Remussi, Pascale, Piquín, Saumell, dedicaron su vida a la soja, pero no lograron que arrancase como en Estados Unidos, primero, y Brasil, ya en los años 60. Hasta que llegó Armando Palau a la secretaría de Agricultura en 1974, durante el último gobierno de Juan Domingo Perón.

Palau ya había sido un hombre clave de la difusión del sorgo granífero (otra especie foránea, como el trigo, el girasol, la alfalfa, la cebadilla australiana, el novillo argentino ¡salud!, la vaca lechera holando argentina y todo lo demás) en los 60. Con el famoso NK300, el sorgo colonizó el oeste invernador y lo preparó para la nueva agricultura. La soja no existía, pero Palau veía su futuro. Entonces armó un plan. La pieza clave fue contar con semilla de variedades adaptadas. Le pidió ayuda a quien más había hecho por la soja desde el sector privado: don Ramón Agrasar. Agrasar no había tenido éxito con su empresa Agrosoja, creada en 1958. Después de perder mucho tiempo y dinero, se dedicó a otra cosa y llegó a ser presidente de Dekalb. Pese a que el gobierno peronista le había expropiado sus nuevas variedades de trigo, al permitir la siembra de granos almacenados por la Junta Nacional de Granos, Agrasar le brindó su apoyo a Palau, dándole información y contactos para traer la semilla. Como había poco tiempo, Palau consiguió un Hércules de la Fuerza Aérea, lo fletó a EE.UU., se cargó la semilla (variedades públicas), volvió y se repartió entre los semilleros que se habían anotado como multiplicadores. Así, al año siguiente hubo semilla de Lee, Clark 63, Hood, Bragg, las principales variedades en los años del arranque. Palau no duró mucho más en la subsecretaría, tras la muerte de Perón. Pero desde aquel momento la soja no dejó de crecer.

Esta historia impactó fuerte en Felipe Solá, su principal discípulo en la Comisión Agropecuaria del Partido Justicialista, creada por Antonio Cafiero en 1983 y presidida por Palau. Solá es el que liberó la soja RR en 1996, resistente a glifosato, que permitió pasar del estancamiento de principios de los 90 (con la producción estabilizada en 13 millones de toneladas) a las 37 millones actuales. Cuando Solá tomó esta decisión, Monsanto no estaba en el mercado de la semilla de soja, ni en la Argentina ni en los EE.UU. Le había vendido la licencia del gen RR a una compañía nacional que lideraba el negocio de la semilla de soja. Este semillero hizo un excelente negocio. Pero mejor fue el de miles y miles de chacareros, que se encontraron con la tecnología RR a un precio mucho más bajo que los farmers de Iowa. Tanto, que éstos han hecho un planteo ante su propio gobierno aduciendo que no pueden competir contra la soja argentina, que paga mucho menos que ellos por la tecnología.

Tampoco se puede decir que el negocio lo hizo con el glifosato, pues este herbicida ya tiene la patente vencida. Señores, la soja se acriolló a un costo ridículo. La renta queda aquí, en el interior. Salvo lo que el gobierno muerde (23%) para atender una crisis social que la soja no generó.

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