La modernización agrícola

En este artículo, el profesor Jorge Adámoli brinda su aporte al debate sobre la sustentabilidad.

20deDiciembrede2003a las08:54

Resalta el aporte de la siembra directa para frenar la erosión, y rechaza la "sojafobia". Pero propone que se realice un ordenamiento territorial para atenuar el impacto ambiental del avance agrícola. Adámoli es también investigador del Conicet.

Quiero comenzar rindiendo un homenaje a los productores que construyeron un agro moderno y competitivo, y a las instituciones que apuntalaron el proceso: INTA, AACREA, AAPRESID, y las Universidades, formadoras de profesionales y generadoras de investigación. Además de grandes cosechas, se avanzó en el manejo integrado de plagas y especialmente en la siembra directa, a la que el sector ambiental le debe un homenaje aparte, por su papel en la solución de uno de los mayores problemas ambientales del país: la erosión de los suelos. Todo esto fue logrado pese a un duro contexto nacional e internacional.

Todo proceso de modernización trae problemas, pero la forma de solucionarlos no es volviendo al pasado, sino profundizando la modernización. Los contratos de arrendamientos de campos por un año y la tendencia al monocultivo son un problema. Un brillante artículo de Pedro Barbagelata (Regional Paraná de AAPRESID) analiza los problemas y propone rotaciones ajustadas a las condiciones ecológicas de la zona y contratos de 4-6 años para cubrir dos períodos de rotaciones. Es decir, desarrolla conceptos que profundizan la modernización. Cabe interpretar entonces que el monocultivo y los contratos de corto plazo son también parte del pasado que hay que dejar atrás.

La perspectiva de alcanzar una cosecha de 100 millones de toneladas genera una fuerte presión para la expansión de la frontera agrícola, que tiene a la región chaqueña como escenario central. Con base en trabajos que realizamos en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, prevemos que al ritmo actual, las 5 millones de hectáreas cultivadas en la región pueden duplicarse en menos de una década. Gran parte de la región presenta fuerte degradación ambiental por sistemas productivos ineficientes y depredatorios: una ganadería extensiva que provocó un sobrepastoreo generalizado y una extracción forestal de tipo minero que afectó severamente a sus bosques. Grandes áreas estuvieron sometidas por décadas al monocultivo algodonero con sistemas de labranza que degradaron los suelos. Todo esto también debería formar parte del pasado.

La mayor expansión agrícola se da en la frontera entre el Chaco Subhúmedo y el Semiárido, impulsada por la mejor economía de agua que genera la siembra directa y esencialmente por los marcados desvíos climáticos positivos. Cabe recordar que en muchas localidades las lluvias de los años 60 eran un 70 % de las actuales y en los años 30 llovía menos de la mitad de lo que llueve actualmente. Nadie puede garantizar que no se reinstale un ciclo seco. Hay algunos agravantes: muchos suelos muy frágiles están en producción continua; las tasas de mineralización de la materia orgánica son mucho más altas que en la región pampeana; el virtual monocultivo de soja tiene una estrecha relación C/N que deja muy poco rastrojo disponible; la quema de los bosques es una práctica común que ante cede a la llegada de la agricultura y los remanentes de bosques subhúmedos están amenazados de extinción. La idea no es volver a un pasado con campos que tienen una receptividad de 1 vaca cada 20-40 hectáreas, pero debemos acordar en que todo esto también tiene que ser considerado como parte del pasado.

En muchos campos se practica una agricultura realmente moderna, con adecuado manejo de rotaciones, etc. Sin embargo, esa modernidad tranqueras adentro no es suficiente, porque al nivel de una imagen satelital, hay una situación de descontrol. Los países realmente modernos tienen incorporados fuertes esquemas de ordenamiento territorial. Lo moderno entonces e

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