Por ahora, no existe un plan B
Hubo un tiempo en que todos fueron felices.
Los productores, la cadena agroalimentaria y el Gobierno. Tiempos de soja a 620 pesos, con un máximo de 717 pesos, y retenciones del 20% que daban para todo y para todos. El esquema funcionaba como una fórmula mágica. Había recursos para los planes Jefes y Jefas de Hogar. Había ingresos para las cuentas fiscales y dólares para el equilibrio monetario. Había una actividad competitiva que hizo posible la reactivación económica, especialmente en el interior del país, cuando los productores, siguiendo una vieja costumbre, no dudaron en "derramar" su rentabilidad en otros sectores de la sociedad. Había también las condiciones para obtener cosechas récord.
No vale la pena contar de nuevo esta historia feliz, que por tan conocida ya ha quedado grabada en la memoria colectiva de la sociedad argentina, al punto que nueve de cada diez personas opinan que el sector agroindustrial es importante para el país y se considera que es el que más ha contribuido a la reactivación después de la crisis de 2001-2002, según una encuesta de investigación de Rosendo Fraga.