La cultura adversa al agro, esa herencia interminable.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, la política económica de nuestro país comenzó a ser adversa al sector agropecuario.

12deNoviembrede2005a las08:43

A partir de la Segunda Guerra Mundial, la política económica de nuestro país comenzó a ser adversa al sector agropecuario. Así, dio origen a un proceso emigratorio de la mano de obra del campo, que, estimulada por mayores salarios, buscaba los beneficios de la ciudad.

Así, políticas fuertemente intervencionistas, durante los años 40 y parte de los 50, detuvieron no sólo el avance de la producción primaria, sino también el desarrollo de industrias y servicios en sus eslabones hacia el consumidor final y hacia los proveedores del campo.

No es casual que, entre 1945-54, se verifique una dramática reducción en la producción agraria. Intereses en acción promovieron una cultura adversa a la agricultura. Y en buena parte, encontraron en la concepción del deterioro del intercambio un buen argumento a su favor.

Y esta cultura todavía subyace como herencia interminable. Lo que gravitó en la caída de la producción fue la ausencia de una política de investigación e innovación tecnológica. En tanto que en los países competidores se avanzaba, la Argentina se había detenido en el tiempo.

El Estado resultó ser el gran responsable. La investigación abandonó la teoría económica de la agricultura y la técnica de la producción. Por ejemplo, prácticamente nada se hizo para terminar con la aftosa que condenó, por décadas, a la Argentina a operar internacionalmente dentro del castigado circuito aftósico.

Sólo en la década del 60, con una actitud más favorable a la economía contractual y a la investigación se aprecia una reversión, aunque tímida, en el camino de la producción.

En esta década, la apertura al capital extranjero permitió la incorporación de capital al agro. Así también la industria de la maquinaria agrícola se levantó de su letargo y, por otra parte, se introdujeron semillas híbridas.

La "revolución verde"

Un importante avance en el parque de maquinarias agrícolas y la llamada "revolución verde" abrieron el camino para un mejor comportamiento. Y el tipo de cambio operando en combinación con derechos de exportación mantuvieron un grado de rentabilidad "calculada" por el gobierno.

Así los derechos de exportación llegaron para quedarse. Estos derechos, más comúnmente conocidos como retenciones, fueron impuestos en 1958 para sustituir el sistema de tipos de cambios diferenciales, incluido un período de estatización de las exportaciones que había tenido lugar anteriormente.

Desde entonces, con algunas interrupciones, se aplicaron hasta 1976; reaparecieron en 1983 y duraron hasta 1991, cuando fueron prácticamente eliminados, hasta su nueva imposición en 2002.

En esos tiempos era imposible asimilar la tecnología del primer mundo. El tipo de cambio, permanentemente devaluado, ha operado de barrera para la importación de bienes de capital. A ello se agrega una considerable protección arancelaria, lo que encarecía aún más los insumos y equipos de la revolución verde.

Tanto sea la política de tipos de cambio múltiples como las de derechos de exportación dejaban un dólar negativo para el agro.

La política económica ha sido y lo es más aún hoy un instrumento para recaudar fondos con facilidad y no ha abandonado las consideraciones estratégicas de sus resultados.

Lo curiosamente revelador de los prejuicios adversos a la actividad agrícola se manifestaba en el tratamiento dirigido sólo a los productos agrícolas; los derechos de exportación, por años, únicamente gravaron estos productos, en una discriminación claramente establecida desde el Estado.

En lugar de modificar el modelo agroexportador, hacia la industrialización mediante la incorporación de valor agregado a lo largo de la cadena productiva

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