Señales confusas para pensar en el cambio

Después de 120 días la travesía épica de las retenciones que el kirchnerismo inició el 11 de marzo terminó en el punto de partida. Pero el rostro del Gobierno muestra ahora la evidencia del deterioro que provocan no cuatro meses rudos, sino un lustro de obstinación.

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19deJuliode2008a las08:24

Cuarenta y ocho horas después de ese resultado indeseado para el oficialismo, los hechos siguen sucediéndose estruendosa y contradictoriamente y no han servido para solidificar el alivio que mostró una parte mayoritaria de la ciudadanía tras el rechazo en el Congreso del proyecto oficial.

Ayer hubo una primera decisión de fondo ?el anuncio de la derogación de las retenciones móviles ?consecuente con lo ocurrido en el Parlamento, pero las formas y los detalles que revistieron aquel acto volvieron a impregnar el aire de suspicacias, y rebajaron la ilusión y la confianza que había despertado. Las imágenes que proyecta el raid alucinante que ha vivido el país son elocuentes.

Hace cuatro meses partió altivo, invencible y convencido, con rumbo inmodificable. Sobre todo, inmodificable.

No hubo en 120 días señal ni obstáculo que lo detuviera, que lo hiciera pensar en reformular la ruta o que le torciera el rumbo. Apenas hubo algunas paradas para reparar abolladuras provocadas por la dureza del camino elegido o para cambiar al jefe del equipo técnico, pero sin modificar la ruta ni el destino que había trazado, aunque cada vez se tornara más intransitable e insensato. También hubo algunos intervalos para hacer retoques de forma (estéticos, bah) en busca de recuperar el calor de una afición cada vez más esquiva.

A cada paso los obstáculos se volvieron más insuperables, el daño sufrido era cada día más indisimulable y los afectados, los enojados, los desilusionados fueron desplazando, en avalancha, a los seguidores. No importó que el costo de la aventura se anunciara catastrófico. Había que intentarlo todo, menos retroceder, era la orden.

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Después de 120 días, vaciados ya de épica, los errores acumulados y multiplicados, las bajas crecientes y el fortalecimiento de los obstáculos y de los adversarios terminaron de golpe e inexorablemente con la afiebrada travesía.

Para cualquiera que hubiera intentado semejante aventura el final sería una durísima e indisfrazable derrota, pero también una lección invalorable. Para quien no está acostumbrado, pero, sobre todo, no sabe perder ni aprende de las derrotas puede ser demasiado peligroso.

Es temprano para conclusiones definitivas. La decisión de actuar en consonancia con el amplio rechazo social, que terminó por rubricar el Senado, y de anunciar por decreto la derogación de las retenciones móviles pareció demostrar que la capacidad de aprendizaje no es una condición que la naturaleza le haya negado al Gobierno.

El confuso texto resolutivo, los acalorados considerandos (más propios de una proclama que de un decreto) y la puesta en escena de la Presidenta con los legisladores leales dejan abierta la duda y también la incertidumbre. Saber corregirse es tan propio de la condición humana como la vocación de incurrir y repetirse en el error. Aunque la primera es una virtud y la segunda, un fatal defecto.

Por Claudio A. Jacquelin
 

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