Cuando vender la tierra es el peor negocio

La tierra es fuerte de insumos, base de alimentos y energía en un mundo con una oferta limitada de espacio y un crecimiento exponencial de población, por eso los capitales locales e internacionales están tratando de comprar terrenos.

04deSeptiembrede2008a las13:23

Heredaste unas 500 hectáreas agrícolas localizadas en el sur de Santa Fe. Viene alguien y te propone comprarlas a un precio de 11.500 dólares/ha. Son 5,75 millones de dólares (antes de impuestos y comisiones). Lo primero que seguramente te viene a la cabeza son todas las cosas que podrías comprar o hacer con ese dinero.

Vamos a suponer ahora que estás jugando un juego de mesa llamado “ultra largo plazo”, en el cual todo lo que hagas, además de cubrir tus propias expectativas –claro– debe también enfocarse en el bienestar de tus tataranietos.

En ese caso, la pregunta correcta es en qué se deberían transformar los dólares para generar un bien que acreciente o al menos conserve su valor generación tras generación. Mientras pensás la respuesta, vamos a repasar algunos datos.

Según estimaciones de US Census Bureau, la población mundial actual es de 6.720 millones de personas y para 2030 se proyecta en 8.373 millones de habitantes; en 2050 la estimación es de 9.538 millones de personas. Se supone que toda esta gente va a tener que vivir en alguna parte del planeta, lo que podría generar una disminución de la disponibilidad de tierras productivas.

Nuestra civilización se sustenta en el transporte masivo de bienes y personas en vehículos movidos a base de combustibles líquidos derivados del petróleo, un producto que algún día se acabará. La fase de transición entre los hidrocarburos y las nuevas tecnologías energéticas –hidrógeno y automóviles eléctricos– va a ser cubierta por biocombustibles elaborados fundamentalmente a partir de caña de azúcar y aceites vegetales.

El dólar estadounidense es el patrón monetario de referencia mundial. Pero desde comienzos de la década del 70 no tiene respaldo alguno en un bien tangible. Por ende, cuando la oferta global de dólares es excesiva –tal como sucede en la actualidad– los capitales se trasladan hacia bienes tangibles para protegerse de desvalorización monetaria (y eventualmente de un problema más grave si algún día la mayor parte de los hombres llega a comprender que en las últimas cuatro décadas todo el sistema financiero global se sostiene sobre una cuestión de fe).

En definitiva: la tierra es fuente del insumo base de alimentos y energía en un mundo con una oferta limitada de espacio y una población creciendo de manera exponencial. En este escenario, no existe ningún otro bien más conveniente.

Diez años atrás, en agosto de 1998, el valor FOB Puertos Argentinos de la soja se ubicaba en torno de 205 u$s/tonelada. Por entonces los precios de los campos en la región pampeana central habían alcanzado un máximo de 5.000 u$s/tonelada. Por ende, el valor de la tierra era equivalente a 24 toneladas de soja.

En el primer trimestre de 2008 –antes del quiebre del conflicto agropecuario– la hectárea en la región pampeana central se llegó a pagar en u$s12.000 con un precio promedio trimestral FOB de la soja de 500 u$s/tonelada y un valor medido en grano de 24 toneladas de soja.

Es decir: si bien en términos nominales los precios subieron de manera significativa en la última década, en términos reales no experimentaron cambios.

Por todos estos motivos, grandes capitales locales e internacionales están hace tiempo rastrillando la mayor parte de las regiones agrícolas para cumplir con un agresivo plan de compra de tierras. No están pensando en los descalabros del presente inmediato. Tienen la mirada en otra parte.

Muchos de los que vendieron o están pensando vender lo hicieron, en cambio, en el marco del agobio y el cansancio generado por la anti-política agropecuaria oficial. En este juego, po

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