Los halcones y las palomas, viejas especies que llegaron al Gobierno - Por: Eduardo van der Kooy

La decisión de no bajar las retenciones de la soja desato una discusión.

24deDiciembrede2008a las07:26

Un terremoto que dejó sólo algunas cicatrices públicas, pero que ocurrió, conmovió en las últimas horas al Gobierno de Cristina y Néstor Kirchner. Ese terremoto lo desencadenó la decisión oficial de evitar, por ahora, una baja en las retenciones de la soja.

El ex presidente enfureció en su encierro de Olivos por dos razones. Por haber quedado, en primer término, como el hombre intransigente y despechado con el campo que vetó la idea de acompañar con la soja las bajas anunciadas al trigo y al maíz. Empezó a indagar además, en una tarea de inteligencia que le segrega adrenalina, qué portavoz oficial pudo haber deslizado ese anticipo a la prensa.

No existe una verdad excluyente en esta historia. Es cierto que Kirchner está convencido de que el campo, con la derrota de la 125 en el Senado, propinó un golpe fatal al Gobierno de Cristina. Supone que el campo se dispone a plantear de nuevo un escenario de confrontación. Y apunta con su dedo, en especial, a los dirigentes de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi y Alfredo De Angeli.

También es real que en áreas técnicas del Gobierno se evaluó la posibilidad de una rebaja a la soja. A Kirchner nunca le convenció, pero algunos ministros la consideraban de doble utilidad: beneficiosa para el futuro de las exportaciones, que vienen en baja; como señal política de una administración tildada, con mucha razón, de autista.

Fuentes oficiales revelaron ayer que la postura del ex presidente se vio consolidada con un informe del secretario de Agricultura, Carlos Cheppi. ¿Qué habría señalado ese informe? Que en el primer semestre del 2008, aún con el duro pleito con el campo en desarrollo, las áreas sembradas con soja crecieron en la Argentina un 20%. "Sólo el trigo y el maíz", dictaminó Kirchner sobre la baja en las retenciones que anunció el lunes Cristina.

Después del dictamen, Kirchner comenzó a hurgar en las filtraciones informativas que se producen en la administración de su esposa. Su lupa reposó enseguida en Cheppi, aunque el informe del secretario de Agricultura lo tranquilizó. Luego se detuvo en Sergio Massa.

El jefe de Gabinete habla fluidamente con Cristina. La Presidenta fue quien más lo respaldó cuando en el 2007 resolvió disputar la intendencia de Tigre. Massa se encargó de acercar el titular de la ANSeS, Amado Boudou, al círculo privilegiado del poder. A partir de entonces, afirman hombres del kirchnerismo, la relación entre ambos bajó la temperatura varios grados.

Massa se integró al kirchnerismo por un ladero deportivo antes que político: hace un par de años empezó a participar de los partidos de fútbol organizados los viernes por el ex presidente en Olivos. Construyeron una relación cordial, pero con alguna distancia: nunca Massa se animó a tutearlo. Tampoco ahora.

Kirchner lo coronó como jefe de Gabinete porque a Cristina le agradaba y porque la renuncia de Alberto Fernández lo encontró en ropa interior. Pero el ex presidente tuvo con Massa una fuerte discusión, que dejó huellas, cuando el Gobierno resolvió la reestatización de las jubilaciones. El jefe de Gabinete siempre compartió la argumentación de la medida, pero nunca su modo de implementación.

Massa navegó desde entonces las aguas oficiales en cierta soledad hasta que Kirchner y Cristina viraron su visión acerca de la crisis internacional y los posibles efectos en la economía argentina. La incorporación de Débora Giorgi en el Ministerio de la Producción, el crecimiento de Cheppi en Agricultura y su apareamiento con Graciela Ocaña, por pedido de Cristina, cuando la ministra de Salud fue acechada, a la vez, por kirchneristas y sindicalistas le permitieron pisar de nuevo en tierra firme.

Ese núcleo constituye, en parte, lo que el kirchnerism

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