Las devaluaciones y las retenciones

Un aumento sostenido de la competitividad, más que por devaluaciones, se logra por medio de incrementos en la productividad. Cuando ésta crece, la gente es beneficiada con una baja en los precios de los bienes y servicios y, por ende, un aumento en su nivel de vida.

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01deAgostode2009a las08:35

Claro que ello requiere esfuerzo, inteligencia y energía para el cambio. Por el contrario, las devaluaciones esconden las ineficiencias de quienes no pueden competir.

En rigor, las devaluaciones suelen ser el argumento de lobbies que, a la postre, pretenden que el eslabón agrario haga de fuente de recursos para la caja fiscal e, indirectamente, para ellos mismos.

En los últimos años, la política económica se ha basado en un tipo de cambio alto, con regulaciones en ese mercado.

La política oficial pretende avanzar en un programa de sustitución de importaciones, con un sesgo antiexportador que afecta al eslabón agrario y, en consecuencia, a la cadena agroindustrial, especialmente a los eslabones que están atrás (industrias y servicios que apoyan la producción) y de los eslabones ubicados "aguas abajo", que requieren mejores productos y mayores volúmenes para satisfacer las necesidades tanto de los clientes locales como de los del exterior.

Como el tipo de cambio real se ha ido reduciendo, de resultas de la inflación, los impuestos a la exportación pesan más en el bolsillo de los productores, y así la producción -y, por ende, las ventas externas- sufre sus efectos.

La lectura oficial descansa en el supuesto de que las empresas que sustituyen importaciones, sin la presión de la competencia externa, van a producir más, contratar más personal e invertir. Obviamente, la falacia de tal supuesto ha quedado en evidencia.

Hay otro lado en la moneda: la avidez fiscal. Como el Estado es una suerte de "socio" no deseado de la cadena agroindustrial, le interesa cobrar derechos sobre exportaciones valuadas en términos de un dólar elevado. Pero como ello implicaría, sí o sí, mayor tasa de inflación, el encuadre oficial se encuentra en una encrucijada. Cualquier mejora del tipo de cambio, derivada de un aumento en la tasa de devaluación, aceleraría el proceso inflacionario.

Si sube el coeficiente de inflación, menor es el tipo de cambio real, y por los derechos de exportación, el tipo de cambio efectivo pasa a ser más bajo.

Hoy por hoy, el dólar que cobra el grano de soja es de $2,50 aproximadamente. Este es el tipo de cambio utilizado por mucho más de la mitad del valor de la producción agrícola. Si actualizamos su valor durante la convertibilidad, mediante la inflación internacional y la doméstica, encontraremos que es equivalente o superior al actual.

La mejora del tipo de cambio debería provenir de la eliminación o reducción de los derechos de exportación. En el encuadre actual, donde prima la soja, tal mejora tendría efectos casi neutros en la canasta familiar y dispararía un proceso de diversificación productiva para la próxima campaña agrícola.

Por Manuel Alvarado Ledesma, Director del Centro de Investigación de Recursos Naturales del INTA


 

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