Los recurrentes pecados de la carne
La carne viene aumentando en una proporción diferente según mercados y cortes, pero que promedia el 20 por ciento sin que haya una razón técnica fundada para un salto de esa envergadura.
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Los 112 kilos anuales per cápita de todo tipo de carne que consumimos los argentinos muestran a las claras que se trata de un producto esencial y justifica la preocupación oficial por cada suba de precios, pesadilla recurrente de los últimos años. La producción y consumo de la vacuna, prioritaria en la dieta local, es una buena pieza del folclore económico local: sus precios prueban con nitidez cómo se cumplen las leyes de mercado hasta que la incertidumbre desata la voracidad de los especuladores.En abril del 2008 Guillermo Moreno dio a conocer uno de los tantos pactos estériles para contener el precio de la carne, esa vez, estabilizando el valor de las achuras: las apetecibles mollejas podrían venderse al público a $14,90 el kilo. Por entonces, los esfuerzos oficiales estaban orientados a retrotraer el asado y la nalga a 10 y 18 pesos al público, contra los 16 y 22 a que habían trepado en los mostradores.
Los datos desnudan la carrera meteórica que corrió el precio de este alimento desde aquel momento: el corte preferido para milanesa se encareció en los mostradores un 350 por ciento.
Tras la última devaluación de enero, la carne viene aumentando en una proporción diferente según mercados y cortes, pero que promedia el 20 por ciento sin que haya una razón técnica fundada para un salto de esa envergadura. Si bien es cierto que se trata de un bien exportable y que la depreciación del peso aumenta la renta potencial de destinar la producción al exterior, la realidad es que esa derivación nunca es posible en forma inmediata. Es más, la Argentina tiene un arduo trabajo pendiente ya que perdió posiciones frente a otros proveedores de la región, Brasil y Uruguay encabezando la lista. Otra ligazón directa entre el dólar y la carne en principio no hay.
De ahí que el Gobierno impute los incrementos a la acción de los “especuladores” y que el propio industrial del rubro y titular del Mercado Central, Alberto Samid, haya protestado contra “la intermediación parasitaria” (sin identificar a sus acusados), vaticinando que los precios podrían retrotraerse “un 5 o un 10 por ciento”. En rigor, descontando que al menos una porción del ajuste llegó para quedarse, más allá de sus justificativos.
Los detractores de la política oficial suelen apuntar a la historia reciente de la producción bovina y sus precios como una prueba inapelable de lo dañina que puede resultar la intervención estatal en cualquier mercado. Pueden que tengan una parte de la razón, más que por las regulaciones en sí por sus formas y oportunidad.
El imperio del mercado
