Alquileres de corto plazo atentan contra la sustentabilidad

Un experto de Aacrea advierte que los arrendamientos anuales favorecen el monocultivo. Aconseja un trabajo coordinado para revertir la situación.

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Se necesita compromiso de arrendatarios y arrendadores.

Se necesita compromiso de arrendatarios y arrendadores.

11deOctubrede2016a las08:13

“Este año cerré un quintal arriba.” Es el tipo de frase que puede oirse año tras año en boca de miles de productores. ¿Qué refleja? En principio, un acuerdo entre un arrendatario y un arrendador como parte de una transacción por una fracción de tierra. Pero, detrás de ese acto hay mucho más que una transacción. En el proceso de negociación de arrendamientos se define la relación entre el productor y la tierra.

Como toda relación, la forma en que se establece define el trato entre las partes. En el caso del productor y la tierra, la relación de tenencia condiciona los objetivos del productor y, en última instancia, sus decisiones. En un trabajo que publicamos recientemente, mostramos que los productores que trabajan campos propios ponen más foco en objetivos de largo plazo y en la conservación del valor, mientras que los arrendatarios tienden a enfocarse en maximizar el resultado de la campaña.

Lo anterior no escapa a lo que la literatura muestra respecto del “sentimiento psicológico de propiedad”. Sobran evidencias de que el propietario de un bien tiende a asignarle un mayor valor respecto de aquel que sólo tiene su posesión. Sin embargo, no ser propietario no debiera ser impedimento para la preservación del valor. Pensemos sino en el leasing de autos: el poseedor suele estar interesado en preservarlo sin ser propietario (aunque claro que tiene el estímulo de poder serlo en el futuro).

Todo lo antes descripto tiene grandes implicancias en la agricultura de la Argentina, principalmente si pretendemos sistemas sostenibles. Ocurre que más del 60% del área agrícola es arrendada. Y como refleja la frase inicial, la mayoría de los acuerdos de arrendamiento son por un año.

Un año no es una casualidad. Suele ser el punto en el que más fácil acuerdan dueños y arrendadores; es casi tácito. Y es una consecuencia más de los históricos vaivenes económicos, políticos y sociales de nuestro país. Vaivenes que, en última instancia, generan imprevisibilidad. Y es lógico.