"Nos moríamos": las tres experiencias que marcaron el viaje de Marcos Villamil

Tras recorrer la Argentina a caballo, Marcos Villamil confiesa sus vivencias más extremas; "Mi gran aprendizaje es que no sirve gastar energía pensando en lo que va a venir", confiesa

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"Nos moríamos": las tres experiencias que marcaron el viaje de Marcos Villamil
29deNoviembrede2021a las09:59

Marcos Villamil logró uno de los sueños de su vida: recorrer la Argentina cabalgando. El joven de 29 años salió en septiembre de 2020 junto a Mora, Wayra y Tordo, sus tres caballos, desde el partido bonaerense de General Alvear, bajó hasta Tierra del Fuego, subió a Jujuy y el 7 de noviembre pasado fue recibido en la Sociedad Rural Argentina en Palermo para darle un cierre a su travesía de 9000 kilómetros.

Marcos Villamil y el viaje a caballo

Durante esos 450 días, Marcos experimentó una cantidad de vivencias únicas, peregrinó por 16 provincias, conoció a innumerables familias rurales y se llevó cientos de enseñanzas para encarar el resto de su vida. Muchos de esos recuerdos están en su cuenta de Instagram (@Abrazarte.argentina), donde publicó imágenes y videos del viaje. “Realmente cada minuto y cada rinconcito que hemos tranqueado han sido espectaculares”, admite en diálogo con Agrofy News.

Sin embargo, hay tres momentos que fueron más especiales que el resto. “No podríamos haber llegado a donde llegamos sin la ayuda que recibimos de la gente”, se sincera Marcos, quien habla en plural porque incluye a sus tres caballos en cada experiencia. La más extrema fue la que vivió en Santa Cruz. “El clima nos jugó una mala pasada y tuvimos que hacer noche en medio de la cordillera mientras nevaba y después de sufrir un viento descomunal de 150 kilómetros que nos empujaba contra un barranco”, recuerda.

Marcos Villamil en la Cordillera

Al borde de un barranco, con lluvia, viento y nieve

El joven viajaba desde el valle de Tucu Tucu hacia el Lago San Martín por un cruce que se llama “Meseta de la muerte”. “Como para encararlo bien relajado”, ironiza Marcos, quien agrega que si bien se trata de un lugar “muy lindo”, también es duro e inhóspito. “Hay poca gente viviendo en esos lados”.

En relación al difícil momento que vivió, agrega que en verdad fueron una “continuación de factores que se acumularon”. Es decir, fueron varios días “duros”, no solo una noche.

Marcos venía atravesando la Patagonia con el viento en la cara, en soledad y con poca comida. “No almorzaba, comía frutos secos y a la nochecita comía arroz o fideos. No fue solo el cruce, era un contexto rústico”, observa. Ese día, Marcos fue acompañado durante varios kilómetros por Carlitos, un puestero de la estancia en la que estaba, en una parte de pantanos. “Lo difícil de ese terreno es que parece tierra, pero es pantano. Eso significa que los caballos se hunden hasta el pecho y se pierden. A Carlitos en un minuto se le hundió el caballo, así que imaginate el nivel de atención y tensión que tenés en ese lugar”, describe.

Durante varias horas anduvieron por ese terreno, hasta que cruzaron un filo, pasaron la parte más alta y luego, Marcos siguió camino solo junto a sus caballos, con los que comenzó a descender hacia el otro lado. “Estábamos en el medio de la nada. Ahí no pasa nadie. Sos vos y tu alma”, reflexiona el viajero y añade: “Cuando cruzamos, empezó un viento cada vez más fuerte. Estábamos en un cajón y sonaba la acústica, por el descomunal viento que entraba y que nos empezaba a empujar a un barranco de 500 metros, que si nos caíamos, nos moríamos”.

En ese momento, los tres caballos se frenaron en seco para hacerle frente al vendaval y él se tiró al piso. “Me agarré de la mano de Tordo para no moverme”, detalla. Así se quedó un largo rato hasta que el viento terminó. “Bajamos y Mora se empezó a sentir incómoda y se tiró al piso en plena cordillera. Había sufrido un pico de estrés”, cuenta el joven, quien debió pasar la noche allí, en “medio de la nada”.

“Empecé a armar la carpa y se largó a llover y a nevar, todo junto. Yo quería que la yegua sobreviviera a esto, porque había sufrido”. Para dormir, el joven decidió agarrar la soga con la que ataba a la yegua, así, si Mora se movía, él se podía dar cuenta e ir a ver cómo estaba. “Nevó toda la noche, cada vez que ella se movía, me acercaba y la sacaba a caminar. Tuvimos que sobrepasar el momento”, grafica.

Cuando se le consulta si en algún momento tuvo miedo, asevera: “La energía que tenía la necesitaba para sobrepasar esos momentos, para solucionar. No te sobra como para empezar a tener miedo. El miedo es un lujo y un despilfarro de energía”.

Como le sucedió en casi todo su viaje, no tardó en volver a experimentar la hospitalidad de la gente. Luego de pasar la noche, llegó a la estancia “El castillo” de la familia Díaz Valdez, pero uno de sus caballos, Wayra se había lastimado el casco. “Me encontré con Marcelino que me dijo: ‘Marcos, no hay problema, seguí camino que yo te curo la yegua y te la alcanzo en 15 días para que se recupere bien’”. El viajero se muestra agradecido con Marcelino por “ofrecerse así sin dudarlo”. El hombre curó al animal y la llevó en carro 250 kilómetros para que se reencontrara con su dueño. “Esos gestos de la familia ayudaron a que pudiéramos seguir adelante”, destaca Marcos.

Marcelino junto a uno de los caballos de Marcos Villamil

La ayuda con los fardos y una charla para no olvidar

Otro trato que lo marcó fue el de Gustavo “el Flaco” Farfan, quien lo recibió en Humahuaca, Jujuy y le dio 15 fardos para sus caballos. Como el norte argentino Marcos lo recorrió durante el invierno, el pasto para sus animales era escaso. Entonces, el hombre quiso ayudarlo y se ofreció a llevar el alimento de los caballos hasta cada parada que él tuviera entre Humahuaca y La Quiaca. “El Flaco cargó a su familia en la camioneta e hizo 200 y pico de kilómetros para dejar los fardos en cada lugar. Son pequeñas cosas que hicieron que el camino fuera más llevadero, más que nada para los caballos”.

Marcos Villamil junto a "el Flaco" Farfan

Marcos también recuerda una profunda conversación que mantuvo en Caaguazú, Corrientes con Fabián García, un bandoneonista. “Nos quedamos en un campo y el dueño invitó a Fabián para compartir una linda noche. Él se puso a tocar el bandoneón de una forma impresionante…¡un animal! Tomamos vino, comimos y nos pusimos a hablar de los sueños y miedos que hay detrás de esos sueños”, rememora respecto de esa noche. El joven explica: “Porque hay veces que nosotros somos nuestra propia limitante. Yo le hablaba del miedo como creación de nuestra imaginación. No como algo real y tangible, sino como una invención propia que termina frenándonos y limitándonos a hacer cosas”.

En esa conversación, Fabián le confesó que su sueño era recorrer el mundo tocando su instrumento. Ante la confidencia, Marcos le preguntó qué era lo que lo detenía. “Mis viejos… si me voy los dejo solos”, fue la respuesta que recibió.

Pero Marcos no estaba dispuesto a aceptar esa excusa y le contestó: “Fabián, disculpá el atrevimiento, pero creo que si salís a conocer el mundo con tu música, tus papás van a estar contentos. No creo que se ponga mal”. Fabián se quedó mirándolo.

Al día siguiente Marcos continuó su viaje por la Argentina y, pasado un mes, recibió un mensaje que lo llenó de emoción. Era de parte de Fabián y decía: “Marcos, te quería contar que arranqué clases de italiano, estoy ampliando el repertorio con música de allá y tengo pasaje para irme a Italia en abril del año que viene, para empezar mi recorrida por el mundo. Esa charla que tuvimos me marcó para siempre y nunca la voy a olvidar. Mataste mi miedo con esa gran charla de esa noche”.

Sobre sus próximos planes, Marcos, quien además de ser ingeniero agrónomo es cofundador de JornaderosAgro,  reconoce: “La verdad que llegué hace poquito y mi gran aprendizaje es que no sirve gastar energía pensando en lo que va a venir”. Su travesía por la Argentina y el trato de la gente le dejaron grandes enseñanzas: “Me convertí en un especialista en tomar decisiones cuando se me presentan las cosas. Esa es mi forma de encarar el porvenir. Qué haré y cómo desarrollaré mi vida en adelante es una incógnita”, completa.

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