Arrancó a los 16 años, tiene 4 cosechadoras y planteó un debate inquietante: "Es una carrera contra el reloj"
Las hectáreas a sembrar y cosechar parecen estancadas en Argentina y las máquinas tienen cada vez más capacidad; exploramos este debate clave sobre rentabilidad, el mercado de servicios y el futuro de los trabajadores rurales independientes con Guido Marchegiani
A los 31 años, Guido Marchegiani ya recorrió miles de kilómetros al mando de cosechadoras, tractores y camionetas cargadas de implementos.
Creció en María Susana, un pequeño pueblo santafesino, y su historia como contratista rural empezó casi por accidente, cuando su abuelo, también contratista, sufrió un ACV poco después de enseñarle las primeras herramientas del oficio.
Desde entonces, Guido se hizo cargo del legado familiar, aprendiendo en la ruta, en los talleres, y en la convivencia con los colegas. Hoy lidera un equipo con cuatro cosechadoras, viaja del norte al sur del país siguiendo las campañas agrícolas y reflexiona, desde la experiencia, sobre los desafíos de un rubro atravesado por la tecnología, la presión de los costos y una competencia cada vez más feroz.

La vida del contratista y una señal de alerta
¿Cómo comenzaste a trabajar como contratista rural? ¿Fue una decisión personal o una herencia familiar?
Guido Marchegiani: Fue un poco de las dos cosas. Mi abuelo fue contratista toda su vida y yo, desde chico, siempre me sentí más cerca del campo que del estudio. A los 17 ya trabajaba en lo que podía: changas, eventos, cortaba pasto, hasta tuve un emprendimiento con equipos de música. En 2012 terminé la escuela y me sumé con mi abuelo a la cosecha fina, y ahí me empezó a enseñar. Pero a los pocos meses tuvo un ACV. La familia pensó en vender las máquinas, pero yo quise seguir. A los 18 hice mi primer viaje al Chaco con una camioneta, acompañado por uno de los empleados de él. No sabía nada, pero aprendí andando.

¿Cómo describís un día típico de trabajo durante la campaña? ¿Cuáles son los principales desafíos?
Es una carrera contra el reloj. Nos levantamos a las 7, desayunamos, revisamos las máquinas y salimos. Somos un equipo de 8 a 10 personas, convivimos durante meses en casillas, comemos juntos, trabajamos muchas horas seguidas. Hay días que terminamos a la 1, 3 o hasta 4 de la mañana y al otro día arrancamos igual. Lo más desafiante es mantener el ritmo sin romper nada. Porque una rotura te puede hacer perder el campo.

