La noche del 19 de diciembre

19deDiciembrede2002a las13:13

La noche del 19 de diciembre tal vez sea recordada como un punto de inflexión en la historia argentina. Esa noche el entonces presidente Fernando De la Rúa anunció la declaración del estado de sitio, como consecuencia de actos de violencia producidos en varios puntos del país en protesta por las medidas económicas dispuestas por el gobierno.

Apenas terminó de pronunciarse el discurso, comenzaron a escucharse en todas partes las primeras reacciones de la gente. En los balcones, en las puertas de las casas, en las veredas, niños, ancianos, hombres y mujeres comenzaron una anónima manifestación de descontento. Fundamentalmente se usaron cacerolas, que en medio de esa noche tensa sonaron como una combinación de protesta y celebración. Protesta por sentirse desbordados por tanto abuso; celebración, porque se generó un sentimiento casi mágico de que esa noche se acababa todo; que el tañir de las cacerolas daría el golpe final a un gobierno que se caía solo por obra de su propia ineptitud.

Esa gente ya había dado una advertencia meses antes, cuando en las elecciones legislativas, y pese a que el voto es obligatorio, la mitad del electorado o bien no fue a votar, o votó en blanco o anuló su voto. Tampoco eso había sido suficiente en su momento para producir un cambio.

Muchas veces en el pasado se produjeron manifestaciones "populares", casi siempre tumultuosas. Incluso al día siguiente, el 20 de diciembre, la concentración de personas desencadenó en hechos de violencia que culminaron con la renuncia del presidente. Pero esa noche del 19, como pocas veces se ha visto, la pacífica protesta de miles de individuos que espontáneamente salieron a las calles, expresó lo que tal vez sea un símbolo de lo hace falta para que las cosas cambien realmente.

Las manifestaciones populares en Argentina tienen en general muy poco de espontáneo y son organizadas por partidos políticos, sindicatos, grupos de activistas, oportunistas, criminales, y todo aquel que pueda sacar algún rédito del caos y la violencia que generalmente se producen. Todo ello mezclado, por supuesto, con personas que asisten de buena fe y que terminan viéndose envueltas en hechos de violencia, saqueos o refriegas con la policía.

Pero el 19 de diciembre no hubo banderas de partidos políticos, activistas, ni gremialistas. La gente portaba cacerolas y alguna bandera argentina o improvisados carteles con frases escritas a mano tales como: "No queremos más políticos" o "queremos que se vayan". Incluso cuando aparecieron algunos oportunistas con insignias de minúsculos partidos políticos, la gente se apartó de ellos como de un perro sarnoso. Esa gente que a diferencia de otras manifestaciones orquestadas tenía la autoridad moral suficiente como para derrocar a un gobierno no salió a las calles solamente a pedir la renuncia del Ministro Cavallo o del Presidente De la Rúa. Su pacífica pero inquietante protesta fue mucho más allá.

Esa gente salió a las calles a manifestar contra un modelo de país, y no contra un modelo económico, contra una estructura de poder que ha succionado la sangre, las fuerzas y la creatividad de millones de ciudadanos laboriosos y emprendedores durante décadas enteras. Un modelo perverso formado por grupos que dialécticamente han sostenido estar enfrentados, pero que en definitiva se sirven y necesitan recíprocamente para dar la imagen de conflicto de poderes, de lucha de clases, de alternancia, y todas esas expresiones que se utilizan para evadir el hecho de que juntas constituyen la más brutal dictadura.

Un grueso de la gente que salió con sus cacerolas y banderas argentinas a las calles apenas terminado el patético discurso del presidente en la noche del 19 de diciembre, implícita o explícitamente manifestaron su repudio a los siguientes grupos:

a) Los políticos, sean del partido que sean, invoquen la ide

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