La forma de generar riqueza y crecimiento es el debate ausente

24deDiciembrede2002a las08:17

La crisis que hoy vive la Argentina surge tras un largo período de decadencia nacional.

LA NACION irrumpe en el escenario internacional a fines del siglo XIX, con un crecimiento sorprendente, que transforma a un país que sólo era aproximadamente el 2 por ciento de la economía de América latina al comenzar el proceso de independencia de Hispanoamérica, en una joven nación que al cumplir su primer centenario llegaba a la mitad de PBI del subcontinente.

El rápido crecimiento que tiene lugar, en especial entre los años 1880 y 1910, se da bajo el liderazgo de la llamada Generación del Ochenta, que tiene una filosofía positivista que hace del progreso y la generación de la riqueza como un objetivo estratégico fundamental.

Pero desde hace casi un siglo, el objetivo de generar riqueza ha estado ausente en la agenda política. Los dos partidos que dominaron la vida pública argentina durante el siglo XX, el radicalismo y el justicialismo, tuvieron una agenda de distribución de la riqueza, pero no una de su generación o producción.

Es así como hace casi un siglo la agenda política está centrada en la distribución de una riqueza que es cada vez menor, ya que se sigue planteando que el problema es la injusta distribución del ingreso, sin advertir que esta discusión se planteó ya en los primeros años del siglo XX, cuando la Argentina tenía un PBI igual al de todos los demás países de América latina reunidos, sin asumir que ahora el país ha caído a menos del 10 por ciento de la economía del subcontinente.

Quizás el único momento en el cual la agenda política de la Argentina incorporó explícitamente la cuestión de generación de la riqueza fue en los años sesenta con el desarrollismo de Frondizi, que claramente planteó la necesidad de desarrollar el país como una condición necesaria para una mejor distribución.

Objetivo abandonado

Este abandono del objetivo de generar riqueza o crecimiento para poder distribuir mejor, puede tener una explicación en el hecho de que el crecimiento de la Argentina fue tan rápido y sorprendente a fines del siglo XIX y comienzos del XX, que se creó la impresión de que la riqueza en la Argentina era un "don de Dios", que se daba espontáneamente, olvidando que un esfuerzo de organización política y desarrollo económico previo la había generado.

Todavía en los años sesenta, solía escucharse la frase de que "con una buena cosecha la Argentina se arregla" en función de la cual cualquier crisis económica que sufría el país tenía rápida solución por el golpe de suerte de un buen año de producción agropecuaria.

El radicalismo llega al gobierno en 1916, con una concepción clara respecto de democratizar el acceso al poder político mediante el voto popular y de redistribuir el ingreso a través del gasto público, que se financiaba fundamentalmente con los impuestos provenientes del comercio exterior.

Treinta años después, el justicialismo lo sustituye como el partido mayoritario, con una idea muy definida sobre la justicia social y la oportunidad que brindaba un país acreedor de un mundo que requería los alimentos que producía la Argentina. Nuevamente son los recursos provenientes del comercio exterior los que permiten financiar la distribución del ingreso.

Al comenzar el siglo XXI, el justicialismo en el poder a partir del acuerdo entre Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín, parece ensayar el mismo tipo de política, viendo en las retenciones a las exportaciones agropecuarias la forma de financiar los subsidios para jefes y jefas de hogar desempleados con hijos en edad escolar.

El análisis económico no ha contribuido demasiado a incorporar la idea de generación de riqueza a la agenda política del país. Se argumenta que se debe pagar la deuda externa, porque el país quedará sin crédito internacional o, por el contrar

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