Las semillas del cambio
Héctor A. Huergo. DE LA REDACCION DE CLARIN.
La gran protagonista de la expansión agrícola argentina es la soja. En realidad, es el único cultivo que está creciendo. Pero lo hace de tal forma que compensa la caída o el estancamiento de los demás.
Lo que está ocurriendo con la soja se puede calificar de épico. Hace treinta años, para ver una planta de soja había que irse a Misiones o Salta. En Casilda se hacían unas pocas hectáreas. Hoy, hay soja desde Bahía Blanca hasta Jujuy. Ya ocupa 12 millones de hectáreas, con una producción que este año rozará las 34 millones de toneladas. Es un 10% más que el récord de la campaña anterior. Desde hace cinco años, está creciendo a un ritmo de 3 millones de toneladas anuales.
Después de muchos años de esfuerzos de un puñado de investigadores y emprendedores (se debe recordar a los ingenieros Antonio Pascale, Carlos Remussi, Hugo Saumell, Alberto Piquín), la soja tuvo un impulso inicial cuando en 1974 el entonces subsecratario de Agricultura, Armando Palau, trajo en un Hércules de la Fuerza Aérea unas cuantas bolsas de las variedades más recomendadas por los técnicos. Así comenzó la multiplicación de semilla en gran escala. Algunas de esas variedades se adaptaron muy bien a las condiciones locales.
El problema principal eran las malezas, pero la soja entró con todo el paquete tecnológico de los Estados Unidos, donde también crecía aceleradamente desde hacía años. El famoso Treflán fue un verdadero colonizador tecnológico, porque inauguró la era de los herbicidas que se aplicaban al suelo antes de sembrar (los conocidos hasta entonces eran postemergentes). Además, en doble dosis y con una buena incorporación con la rastra de discos, ejercía buen control sobre el sorgo de alepo de raíz y de semilla. Así, se encontró por primera vez una herramienta para frenar el avance hasta entonces incontenible del alepo.
Pero todo se hacía con labranza convencional. La consecuencia fue un creciente problema de erosión en los mejores suelos pampeanos. La tendencia al doble cultivo trigo-soja sumó lo suyo, sobre todo por la quema de los rastrojos y laboreo en pleno verano, con lo que desaparecía la materia orgánica. Los técnicos conservacionistas comenzaron a culpar a la soja de este proceso.
La solución vino de la mano de la siembra directa, que arrancó a mediados de los 80, una época en la que estaba muy restringido el uso de herbicidas. Por un lado, los precios de estos productos eran caros en el mercado internacional. Pero además, los altos derechos de importación los hacían prohibitivos. La vigencia de las retenciones o de un dólar agrícola inferior al dólar de importación ponía la cuota definitiva para dejarlos fuera de competencia. Pero igual la soja crecía y la agroindustria acompañaba el proceso con crecientes inversiones en plantas de crushing. La demanda internacional se mostraba cada vez más firme.
Con la apertura de los 90, esta técnica se ganó un espacio nuevo. Los herbicidas se habían multiplicado, su precio bajaba de manera constante, y habían desaparecido las retenciones. Un sólo dólar para importar y exportar. Y la genética que entregaba materiales superiores día a día. Así, se fue creciendo a un ritmo de 1 millón de toneladas por año, con la industria aceitera totalmente lanzada en la construcción de plantas y puertos. La desregulación había estimulado el desarrollo de una inmensa plataforma exportadora de productos del complejo soja. La hidrovía comple taba la infraestructura, con el dragado del canal Mitre. Así, se llega a 1996 con una producción de 13 millones de toneladas. Ese año sería histórico: el entonces secretario de Agricultura, Felipe Solá, libera al mercado la primer variedad RR, lograda por Nidera con licencia de Monsanto. Al mismo tiempo, aparecen variedades de ciclo más corto. La combinación de la tecnología RR con l
