Kirchner y Scioli, en una pelea de poder con costo institucional

La primera responsabilidad cae sobre el vice, pero el Presidente subió la apuesta. El episodio, además, refleja una actitud contraria a la promesa de desterrar viejas prácticas políticas.

21deAgostode2003a las08:08
Eduardo van der Kooy. DE LA REDACCION DE CLARIN.

Ni Néstor Kirchner ni Daniel Scioli, actores de una refriega inaudita, deben haber advertido todavía el daño institucional que su enfrentamiento, de seguir con esta tónica, podría provocarle a la Argentina.

El cálculo político sobre beneficios y pérdidas que podrían estar haciendo el Presidente y su vice asomaría irrelevante frente a la falta de comprensión histórica que parecieran evidenciar uno y otro. Una sola cosa parecía no estarle permitida a ambos en medio de la crisis y después del derrumbe ocurrido hace 20 meses: la reedición, siquiera en miniatura, de la discordia política entre los dos representantes más importantes del poder.

Aquel amago, si es que queda en eso, remite la memoria colectiva de los argentinos a días cercanos de tragedia; a la democracia, a los tiempos de su mayor descrédito y de su peor reputación. Buena parte de la ilusión que supo construir Kirchner en sus tres meses de mandato tuvo que ver con la promesa de desterrar aquellas prácticas y de mejorar la calidad institucional. Este episodio contradice una parte de sus actos y muchas de sus palabras.

El deterioro infligido no tiene que ver sólo con el Presidente y con el vice: afecta una figura institucional en primer orden en la línea sucesoria y genera muchos interrogantes sobre los duros años de ejercicio que le restan a este Gobierno. ¿Qué garantía política habrá, de ahora en más, cada vez que Kirchner deba ausentarse del país y dejar el mando a Scioli?

Se ha empezado a deshacer entre los dos una amalgama neural para cualquier función, mucho más trascendente si se trata de los hombres encargados de conducir los destinos de un país: la confianza. Aunque los parangones no tengan cabida en este caso, nunca está demás recordar que de ese mismo modo comenzó el divorcio entre Fernando de la Rúa y Carlos "Chacho" Alvarez.

Esta pelea en el amanecer del Gobierno podría demostrar otra cosa. Que las prácticas electorales de la fórmula que ganó no fueron diferentes a las de la envejecida política tradicional: Kirchner y Scioli parecieron congeniar ambiciones, intereses y necesidades pero nunca superaron la espuma de las ideas.

La primera responsabilidad cae, sin dudas, sobre el vicepresidente. Nadie podrá negar el empuje y la tenacidad de Scioli que lo llevaron en escaso tiempo al primer plano de la política: pero una cosa son aquellas virtudes nobles y otra plantear un desafío abierto al rumbo del Presidente.

El pecado no está en disentir —como disienten muchos en el propio Gobierno— con la anulación de las leyes del perdón, la demora en el aumento de tarifas de las empresas privatizadas o el diálogo con sectores empresarios que no eran escuchados. La equivocación radica en propalar y hacer ostentación de esas diferencias.

Hay conceptos y papeles que el vicepresidente pareciera confundir. A veces aflora en el lenguaje: se autodenomina como la cabeza del Poder Legislativo y como motor de políticas propias; envió ayer varias veces mensajes indescifrables a la sociedad pidiéndole "fe y tranquilidad", como si se sintiera protagonista de alguna imprecisa cruzada.

Kirchner, en esos momentos de enajenación política, tampoco se mostró proclive a la cordura. Y en su entorno aseguraban anoche que podría retomar la ofensiva que el miércoles desató sobre Scioli: el ministro de Planificación, Julio De Vido, revisaba la nómina de una corporación ligada al Estado donde desempeña tareas el hermano del vicepresiden