En Cancún, se acabó la paz

A la vuelta de Cancún, tras el fracaso de la ronda de la OMC, todo el mundo coincide en que antes que firmar un acuerdo insatisfactorio, cediendo a la presión de los países desarrollados, era preferible no firmar nada.

20deSeptiembrede2003a las08:09

 Héctor A. Huergo

 
A la vuelta de Cancún, tras el fracaso de la ronda de la OMC, todo el mundo coincide en que antes que firmar un acuerdo insatisfactorio, cediendo a la presión de los países desarrollados, era preferible no firmar nada.
 
 El mismo punto de vista tiene el habilísimo Roberto Rodrigues, ministro de Agricultura del Brasil. Rodrigues dijo al volver de Cancún que la Unión Europea (UE) y Estados Unidos propondrán a la Organización Mundial del Comercio (OMC) un programa de apertura del sector agrícola para evitar sufrir sanciones por prácticas de comercio desleal.
 
 Es que según el ministro, el fracaso de la reunión ministerial de la OMC evitó que se prorrogara la llamada cláusula de la paz, que expirará en diciembre, abriendo camino a que "todas las prácticas de subsidio puedan ser objeto de quejas ante la OMC".
 
 La cláusula de paz se había firmado en 1994, en la última etapa de las negociaciones del Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT), que resultó en la creación de la OMC. Fue lo que permitió a los países desarrollados mantener algunos subsidios hasta la firma de un nuevo acuerdo.
 
 Fue en compensación por los cruciales acuerdos de Blair House, entre los EE.UU. y la UE, que destrabaron la ronda Uruguay cuando ya parecía todo perdido. Entre otros puntos, lo acordado en Blair House incluyó un freno a la expansión de las oleaginosas en la Unión Europea y estableció las bases del denominado "cero por cero". Es decir, el escalonamiento arancelario, que favorece la importación de materias primas y traba con derechos de importacion crecientes a los productos elaborados. Esto ayudó al crecimiento de la soja y el girasol en el Mercosur. Es que la UE quizá hubiera hecho un "switch" desde los cereales de invierno (les sobran) hacia las harinas proteicas (les faltan), que hubiera afectado algo este proceso.
 
 Antes de Blair House y los acuerdos de Marrakesh (1994) la Argentina producía 12 millones de toneladas de soja. Diez años después, produce 37. Brasil producía 25 y ahora está arriba de las 50. Lo más importante fue el flujo de inversiones que se canalizó hacia las regiones competitivas en oleaginosas, concretamente los países del Mercosur. Frente a la nueva tendencia impuesta por el acuerdo de Marrakesh, la Argentina se convirtió en el principal anfitrión de los capitales privados de la poderosa industria oleaginosa internacional. Ya estaban todos aquí, pero empresas multinacionales de orígen europeo como Dreyfus y André hicieron inversiones gigantescas en los puertos del Paraná. La primera construyó la planta de crushing más grande del mundo. Y si bien las inversiones se frenaron cuando llegó la crisis y la incertidumbre, el partido se sigue jugando, porque la producción de soja continúa su escalada. Esta semana los mercados se agitaron cuando llegó el rumor de que Bunge, que adquirió hace un año las operaciones de La Plata Cereal (grupo André), estaba a punto de comprar a la gigantesca Dreyfus. Un negocio que le permitiría pasar al frente en el ranking de exportadores argentinos por amplio margen.
 
 Ojo que no estamos hablando de temas marginales. La Argentina pasó de producir y vender soja y derivados del complejo oleaginoso por unos 3.000 millones de dólares anuales, a los actuales 8.000 millones. Pero lo realmente importante es que con esta cifra la Argentina lidera las ventas mundiales de proteínas vegetales, el rubro de mayor importan cia en las sociedades modernas. Y también las de aceites. Sí,

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