El precio de la carne no es el culpable de los males del país.

Es casi ofensivo admitir que la ganadería argentina es decadente. De hecho, hace 40 años contábamos con 10 millones más de cabezas en nuestro stock. El responsable de la caída y el estancamiento tiene nombre y apellido...

23deMayode2005a las08:53

"La verdad no ofende a nadie", latiguillo que solíamos usar jugando en nuestra infancia. Hoy, siendo adultos, sabemos que la aplicación de aquel supuesto se corresponde en realidad con sus antípodas: "La verdad es lo único que ofende".

Es casi ofensivo admitir que la ganadería argentina es decadente. De hecho, hace 40 años contábamos con 10 millones más de cabezas en nuestro stock. El responsable de la caída y el estancamiento tiene nombre y apellido.

Con envidia vemos a Brasil convertirse en el primer exportador mundial, desplazándonos de los mercados, y a Uruguay encantado con la carne que nos compra, porque la de ellos la venden a EE.UU. a mayor valor con certificación y sello del USDA. "Viveza uruguaya", le llaman.

Hace más de 15 años, comenzó Brasil a integrar las producciones de cerdo y aves para abastecer su mercado interno y hoy puede exportar un millón y medio de toneladas de carne bovina, la que mayor precio internacional tiene en relación con sus sustitutos. "Estrategias con políticas activas", le dicen.

En la Argentina, hace 70 años que no encontramos una política exportadora, antes bien el país transitó su curso privilegiando acciones tendientes a fortalecer conductas que lo satisficieran, traducidas en precios acordes con el poder de compra del consumidor doméstico.

Parece inaudito que aún hoy, y como tradicionalmente ocurrió, continúe adjudicándose al precio de la carne la culpabilidad de todos los males del país, responsable entre otros del rebrote inflacionario, y de nefastas consecuencias económicas, políticas y sociales, sumado a insospechados efectos indeseables que todo aquello de motu proprio pudiese desencadenar.

Una disminución transitoria de oferta de ganado colisionó con una demanda en expansión, proveniente del aumento de la masa salarial y de la mejor relación costo-beneficio que la carne tiene respecto de otros productos de la canasta alimentaria. La consecuencia fue un aumento del precio del producto en góndola. Casi un terremoto.

El Gobierno, sin poder resistir la demagógica tentación, impulsa un acuerdo de precios para algunos cortes, juntando a los integrantes de la cadena en un acto político, donde todos son complacientes pero, a la vez, todos saben que en la práctica es imposible de implementar.

El histórico y reiterado fracaso de este tipo de iniciativas inducen a pensar que las enseñanzas del pasado se soslayan, que no se tiene memoria o que se carece de criterio. Peor aún es la amenaza de incrementar las retenciones a las exportaciones. Aumentarlas significaría continuar con el estancamiento, justo ahora que se avisora una dinamización y recomposición del sector. El estancamiento es condenarse a la decadencia. La decadencia tiene nombre y apellido.

El mercado de la carne en la Argentina se desempeña en condiciones parecidas a la competencia perfecta, nutrida de un gran número de actores, que atomizados contribuyen en la sumatoria de decisiones individuales a la conformación del precio.

Intervienen 250 mil productores ganaderos, 468 plantas industriales, miles de matarifes y abastecedores, miles de carnicerías y bocas de expendio y los consumidores. Tanto los supermercados como las carnicerías se abastecen de medias reses y no de cortes.

Nadie podría arrogarse, en representación de un sector, la potestad de manejar la oferta ni la demanda; mucho menos las cotizaciones.

Un acuerdo de precios en este marco resulta estéril, teniendo en cuenta que además existe un canal comercial marginal que compite deslealmente, obligando a bajar los precios a quienes, trabajando conforme

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