Claves para entender el cambio de reglas en el mercado de alquileres agrícolas

Los vaivenes de los arrendamientos de campos en la Argentina de nuestros días: de la demanda total a la búsqueda desesperada de inquilinos.

06deNoviembrede2008a las16:22

El 26 de octubre los lectores del diario La Mañana de Formosa se encontraron con una sorpresa. Un artículo firmado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en el cual podía leerse una afirmación tajante: “La tierra no debe ser un bien de renta. La tierra debe ser un bien de trabajo y producción”.

En el mismo momento en el cual se estaba imprimiendo ese diario, plena madrugada del domingo 26, quizás había algunos propietarios de campos que estaban despiertos, sin poder dormir, preocupados por las cuentas por pagar.

Un año atrás el mercado de alquileres era una fiesta (si uno era propietario, claro). Los interesados en arrendar hacían una larga fila y el dueño se quedaba con la mejor oferta. Los pagos se hacían por adelantado o en pocas cuotas. Un mundo feliz.

Durante el presente año, algunos pocos afortunados tuvieron la suerte de alquilar su campo antes de la segunda semana de marzo, mientras que otros, una vez iniciado el conflicto agropecuario, decidieron sentarse a esperar el mejor momento para concretar el alquiler. Pero ese momento jamás llegó. Y luego vino la crisis financiera global y el derrumbe de los precios internacionales de los granos.

Por este motivo, en muchas zonas agrícolas (especialmente en aquellas con menor aptitud agrícola o mayores restricciones climáticas) todavía se encuentran disponibles campos para arrendar. Ahora son esos propietarios los que llaman a posibles interesados por teléfono para ver si quieren alquilar su campo: están dispuestos a aceptar cualquier acuerdo.

En este escenario, comenzó a resucitar una modalidad que estaba muerta hace tiempo en la región pampeana: el contrato a porcentaje. Estos contratos –de uso habitual entre los años ‘60 y ‘80– fueron desapareciendo progresivamente a medida que con el boom agrícola crecía más rápido la demanda de campos que la oferta disponible (que también aumentaba avanzando sobre campos con aptitud agrícola que estaban dedicados a la ganadería).

No se trata de un cambio de maquillaje, sino más bien de un movimiento de placas tectónicas. Con el porcentaje, el ingreso del propietario ya no depende de un pago por adelantado, sino –precisamente– de un porcentaje que se aplica sobre los granos producidos.

Es decir: el propietario deja de ser un rentista para pasar a convertirse en un socio –seguramente involuntario– del empresario agrícola (cumpliendo así con los deseos de la presidenta). Si la cosecha es buena, cobra; si es mala, recibe poco o nada.

El problema es que muchas familias –en un sentido amplio– viven del ingreso generado por el alquiler del campo. O sea que si no cobran ese dinero se mueren de hambre.

En los últimos tres años los valores de los alquileres agrícolas fueron muy altos. Si esas familias no hicieron locuras, deberían haber ahorrado lo suficiente como para poder aguantar un año malo. Per si la inestabilidad se extiende más allá de la campaña 2009/10, entonces no serán pocos los que podrían comenzar a tener que desprenderse de sus campos para hacerse del efectivo necesario para sobrevivir.

Más de la mitad del área agrícola a nivel nacional se produce en campos alquilados. Este fenómeno extraordinario hace que el ámbito agrícola sea uno de los más democráticos y solidarios de toda la economía argentina, porque permite que aquellos que no tienen las capacidades necesarias para seguir en el negocio sigan viviendo del campo a pesar salir de la producción.

Además, en términos estratégicos, para un estadista –que tenga, claro, una mirada de largo plazo– es mucho más conveniente que la tierra productiva esté en manos de una enorme cantidad de personas y no de unos pocos grupos concentrados.

Temas en esta nota

    Cargando...