Por un despertar ciudadano
Luciano Miguens(*).
09deAbrilde2011a las08:35
El 11 de marzo de 2008, con el anuncio de la famosa resolución 125, se desencadenó un conflicto que tal vez haya sido el de mayor relevancia histórica en la relación gobierno-campo. Quienes estuvimos directamente involucrados en aquellos sucesos, como fue mi caso, creímos advertir que se abría una nueva instancia en el panorama político, económico y social del país.
Hubo circunstancias trascendentes que configuraron la marcha de aquella grave cuestión. En primer lugar, la unidad de las principales entidades del agro. En segundo lugar, el alineamiento manifiesto de los productores agremiados o no a la dirigencia de esas entidades. Y, en tercer lugar, lo más destacado de todo: el reencuentro del campo y la ciudad, expresado a lo largo y ancho del país y, de modo particularísimo, en los actos multitudinarios de Rosario y Palermo.
Todos esos hechos mostraron el despertar de una conciencia argentina que en adelante sería necesario consolidar. Es la conciencia de que el campo es parte indisoluble de la sociedad, que a ella se debe y que su propio progreso, como lo atestiguan desde hace mucho tiempo los índices de la productividad agropecuaria, actúa como el brazo más vigoroso de la fuerza económica y social de la República.
Es ésa, además, la conciencia de que cuando el campo se debilita y pierde, pierden todos los argentinos. Cuando el campo gana, ganan todos, no sólo por el extraordinario potencial para alimentar y generar energías alternativas que él ha puesto en evidencia, sino también porque habilita la mayor parte de los recursos por los que se adquieren los bienes y servicios sin los cuales el país quedaría fuera del concierto mundial de naciones.
A partir de los acontecimientos que siguieron al 11 de marzo de 2008 se advirtió que comenzaba una transición que debería llevar a una mayor participación política de los productores y del amplio espectro del país vinculado de modo próximo con sus intereses y sensibilidad. Hasta entonces esa participación había sido baja, por desilusión con la política muchas veces, por comodidad injustificable muchas otras veces también.
En las elecciones de 2009 percibimos en ese sentido un avance prometedor. Las listas de diferentes partidos incluyeron no pocos candidatos provenientes del agro y algunos de ellos ingresaron en legislaturas y en el Congreso de la Nación. No se advierte, sin embargo, en relación con las elecciones próximas de octubre un fortalecimiento de esa tendencia. Estamos lejos de estimular la obtención de posiciones políticas para satisfacción de narcisismos o intereses personales. Lo que el campo y el país necesitan son hombres y mujeres dispuestos a entregar tiempo y esfuerzo al servicio de la sociedad y de las ideas que permitan garantizar el desarrollo nacional.
Nada es fácil en el compromiso con la política, pero hay un deber que cumplir de nuestra parte. Creemos en los partidos políticos como herramientas insustituibles en el reflejo del interés general y creemos en las instituciones de la democracia republicana establecida por la Constitución que nos rige. Desde la Fundación Despertar, a la que convocamos para la afirmación de los ideales expuestos en las luchas de 2008, no apoyamos a partido político alguno y, menos aún, nos atrae el sueño que, acaso, alguno acaricie de poner en pie un partido ruralista. Las experiencias mundiales conocidas lo desaconsejan.
En todos los partidos deberían abrirse espacios para quienes mejor interpreten la esperanza de un campo tonificado por leyes justas y sabias y que asegure así la continuidad de su vocación y aptitud para dignificar y enriquecer la vida de los argentinos. Para que esto ocurra es indispensable contar con los recursos humanos dotados de capacidad y voluntad de ser tenidos en cuenta en la patriada de defender con convicción y honestidad el sagrado derecho de la representación ciudadana. Para avan
Hubo circunstancias trascendentes que configuraron la marcha de aquella grave cuestión. En primer lugar, la unidad de las principales entidades del agro. En segundo lugar, el alineamiento manifiesto de los productores agremiados o no a la dirigencia de esas entidades. Y, en tercer lugar, lo más destacado de todo: el reencuentro del campo y la ciudad, expresado a lo largo y ancho del país y, de modo particularísimo, en los actos multitudinarios de Rosario y Palermo.
Todos esos hechos mostraron el despertar de una conciencia argentina que en adelante sería necesario consolidar. Es la conciencia de que el campo es parte indisoluble de la sociedad, que a ella se debe y que su propio progreso, como lo atestiguan desde hace mucho tiempo los índices de la productividad agropecuaria, actúa como el brazo más vigoroso de la fuerza económica y social de la República.
Es ésa, además, la conciencia de que cuando el campo se debilita y pierde, pierden todos los argentinos. Cuando el campo gana, ganan todos, no sólo por el extraordinario potencial para alimentar y generar energías alternativas que él ha puesto en evidencia, sino también porque habilita la mayor parte de los recursos por los que se adquieren los bienes y servicios sin los cuales el país quedaría fuera del concierto mundial de naciones.
A partir de los acontecimientos que siguieron al 11 de marzo de 2008 se advirtió que comenzaba una transición que debería llevar a una mayor participación política de los productores y del amplio espectro del país vinculado de modo próximo con sus intereses y sensibilidad. Hasta entonces esa participación había sido baja, por desilusión con la política muchas veces, por comodidad injustificable muchas otras veces también.
En las elecciones de 2009 percibimos en ese sentido un avance prometedor. Las listas de diferentes partidos incluyeron no pocos candidatos provenientes del agro y algunos de ellos ingresaron en legislaturas y en el Congreso de la Nación. No se advierte, sin embargo, en relación con las elecciones próximas de octubre un fortalecimiento de esa tendencia. Estamos lejos de estimular la obtención de posiciones políticas para satisfacción de narcisismos o intereses personales. Lo que el campo y el país necesitan son hombres y mujeres dispuestos a entregar tiempo y esfuerzo al servicio de la sociedad y de las ideas que permitan garantizar el desarrollo nacional.
Nada es fácil en el compromiso con la política, pero hay un deber que cumplir de nuestra parte. Creemos en los partidos políticos como herramientas insustituibles en el reflejo del interés general y creemos en las instituciones de la democracia republicana establecida por la Constitución que nos rige. Desde la Fundación Despertar, a la que convocamos para la afirmación de los ideales expuestos en las luchas de 2008, no apoyamos a partido político alguno y, menos aún, nos atrae el sueño que, acaso, alguno acaricie de poner en pie un partido ruralista. Las experiencias mundiales conocidas lo desaconsejan.
En todos los partidos deberían abrirse espacios para quienes mejor interpreten la esperanza de un campo tonificado por leyes justas y sabias y que asegure así la continuidad de su vocación y aptitud para dignificar y enriquecer la vida de los argentinos. Para que esto ocurra es indispensable contar con los recursos humanos dotados de capacidad y voluntad de ser tenidos en cuenta en la patriada de defender con convicción y honestidad el sagrado derecho de la representación ciudadana. Para avan
