Los desafíos del vino argentino para captar y adaptarse a los requisitos de los nuevos consumidores

La industria vitivinícola da pelea a sus propios problemas, en un marco nacional complejo; la comercialización y la oferta se enlistan en las claves para crecer

26deAbrilde2022a las12:37

Acercarse a los productores brinda una percepción real de las alternativas de esta economía regional que en definitiva aporta la bebida nacional, el malbec, pero tantísimas otras variedades. Conocer la producción en el terreno permitió descubrir nuevos desafíos para el sector: la adaptación a los nuevos consumidores.

Un sector de la vitivinicultura entiende que el vino no se acerca a este nuevo público y la industria no escucha los requerimientos del consumo. Ante este escenario surgen alternativas de hacia dónde ir como una cartera de productos con menos alcohol, suaves, amigables, aromáticos, frutales y tener nuevos sabores.

Los desafíos de la industria están presentes, pero no se puede olvidar que los viñedos son parte del paisaje que los hombres le aportaron a Cuyo en general, pero a San Juan en particular. 

Ese oasis desarrollado entre los valles y desafiando a la sequía natural de la región tiene particularidades en la producción, más allá del tamaño de la cantidad de botellas que se produzcan. Son las temperaturas, la baja humedad, pero sobre todo la altura sobre el nivel del mar lo que brinda la diferencia, con valles que no tienen menos de 800 MSN y encuentran su tope en mil metros más.

La falta de agua, un desafío a superar

Los problemas con el riego que comenzaron con el mes de abril se añaden al tema común en cada bodega que es la faltante de envases de vidrio, los inconvenientes para poder embotellar, aunque también cuestiones vinculadas al precio incierto de la uva para quienes sólo producen la fruta, aunque también la baja rentabilidad de las bodegas chicas en circuitos de comercialización a través de vinotecas.

De esto habla Juan José Diápolo, un exempresario metalúrgico que encontró en sus tres hectáreas de viñedos, desde hace 25 años, una mejor manera de vivir.

En la finca El Milagro hace excelentes vinos, pero también jamones, e incluso le da lugar a su hijo que está dedicado a la producción de una más amplia línea de fiambres. Su bodega tiene una energía especial, se generan charlas que empiezan en el vino, pero que se extienden a la espiritualidad y a un encuentro más profundo.

Pasando por el Centro de Enólogos y el Consejo de Enólogos de San Juan, donde se brindan servicios a empresas y bodegas, con el segundo laboratorio en importancia dentro de la vitivinicultura argentina, en medio de una diversa cata de vinos de autor, el vidrio, los costos, son los puntos más débiles para el sector.

Pasa en las grandes bodegas como es el caso de Casa Montes, desde Caucete producen desde el año 2000, donde suman indicación geográfica, que es calidad dada por la ubicación. Capitales sanjuaninos con 150 hectáreas, cosechan 1,5 millones de kilos, de forma mecánica y de noche para que la uva entre a procesarse más fresca y compran unos 600.000 kilos de uva, para producir 1.800.000 litros que se envasan en 400.000 cajas y si la campaña es buena, el excedente se vende a granel.

Con etiquetas especiales, diferentes, con nombres como Influenciados, Finca Camuñas, Indómito, Amado, Casimiro o Avanti, pueden ayudar a entender que esta suerte de edición limitada que hacen algunos enólogos o emprendedores muestran sabores diversos, en tintos, blancos o espumantes. Sin embargo, también buscan con pocas botellas por vendimia en cada caso, son difíciles de encontrar en grandes superficies de venta, sino que son detalles de vinotecas de todo el país, e incluso para muchos la alternativa está en ventas directas que la propia pandemia dejó como experiencia positiva.

Desde el valle del Zonda

El hilo conductor de una producción se trasluce en las voces de quienes las llevan adelante, sobre todo si acompañan su experiencia con la calidez. En el valle del Zonda, donde dicen que el cielo es alto, el paso por la Bodega Apotema realmente se hace inolvidable, más allá de lo que se sugiere en las etiquetas de cada botella.

El nombre significa “la distancia más corta entre vos y un buen vino”, así lo dice el dueño del establecimiento, don Eduardo Argentino “Tino” Ranea, que nos recibe junto a su esposa Inés, a uno de sus hijos y a un grupo de trabajadores a quienes tratan como su propia familia.

Después de mostrar cómo funciona la despalilladora, que es el primer paso para obtener la uva suelta antes de su prensado y que la vinificación haga su magia en los tanques bajo la atenta mirada del enólogo Carlos Carbajo, “Tino” se presta a una charla enriquecedora.

La historia empieza cuando a su posterior suegro, que era médico, hereda esta finca en agradecimiento de una de sus pacientes hacia el año 1950, un lugar al que su esposa Inés visitaba de chica y donde hoy reciben visitas en la bodega, pero también en las cabañas donde se disfruta del turismo rural al estilo sanjuanino y a metros de los viñedos, esos que a partir de 1985 fueron cambiando de perfil productivo, pasando de uvas de mesa a uvas para vinificar.

Con la genética intacta, de un abuelo francés que producía en San Juan, “Tino”, hijo de inmigrantes agradecidos con este país y el continente, se hizo cargo de un negocio que fue encontrando con el tiempo su mejor formato.

El cambio de varietales lo llevó a transitar la crisis de 2001 y 2002 en pleno inicio de la bodega Apotema, “haciendo caso a ese concepto de atravesar las crisis para emprender, para aprovechar la oportunidad”. “De a poco fuimos encontrando cuál era el perfil de nuestros vinos, mientras tanto comercializábamos a granel y fue desde 2012 que conseguimos nuestra marca propia, empezamos a embotellar y a vender los vinos en nuestra bodega”, agrega.

Entre vendimias y enoturismo reconoce “por lo menos nos movemos”, superando todas las pruebas que la producción en Argentina le propone a quienes hacen.

“Durante todo el año tenemos a dos personas que trabajan con nosotros, porque tenemos una superficie muy chica, son siete hectáreas y en la época de cosecha se incrementa notablemente el movimiento, porque en nuestras cuadrillas las cosechadoras son todas mujeres, no hay como ellas para llevar a las uvas en buen estado al lagar. La uva necesita muy buen trato y no se debe romper durante la vendimia”, destaca Tino.

“Después los muchachos son los que llevan los canastos y así sumamos entre 25 y 30 personas en los meses de vendimia, desde mediados de enero hasta fines de marzo. En el resto de los meses hay trabajo temporario, como es la poda, pero no son más de 40 días”, explica, sin embargo, se enorgullece al decir que “los vinos son la tarea de todos”.

Dependiendo del año, con una cosecha de entre 80 y 90 mil kilos de uva se producen entre 40 y 60 mil litros, son unos 50 mil litros en promedio de los cuales se fraccionan unos 10 a 15 mil litros en 20 mil botellas, vendiendo el resto a granel a bodegas concentrados y algunas de importantes renombres.

“Los vinos que se fraccionan se venden todos aquí en la bodega, no se venden en vinotecas, ni en otros comercios”, aclaró.

Adaptarse a los nuevos consumidores

Lo que Tino entiende, al igual que otros de sus colegas, “hay una distorsión muy grande en la cadena de comercialización, porque desde la bodega elaboradora al público, por las vías normales el precio se desborda, a mi juicio personal. No me interesa que una persona compre una botella, una vez al año, para un evento o un festejo. La idea del productor es que el vino se consuma habitualmente en una casa”, teniendo en cuenta que en las bodegas las botellas se cobran 500 pesos de un muy buen vino y ese mismo producto se consigue a 1500 pesos en los comercios.

Los Ranea venden en su bodega del valle de Zonda, o a través de las redes sociales, enviando sus vinos a cualquier punto del país. “La pandemia generó una bisagra en el aspecto de la comercialización. Lo virtual creció de una forma tremenda, porque nosotros multiplicando el comercio electrónico por cinco o por seis. Esto sumado a que el transporte colabora con buenas tarifas al momento de tener que repartir los pedidos.

A modo de ejemplo, desde San Juan y para un cliente en Buenos Aires, una caja de vinos puede tener un costo estimado de 1300 pesos que entre las botellas representan algo más de 200 pesos por cada una, para sumar al precio del vino.

“En San Juan las bodegas artesanales, que son muchas, ofrecen excelentísimos vinos y es así que los consumidores de todo el país pueden tener ese vino en su mesa por 600 o 700 pesos, mientras que por ese importe en su ciudad no compra ningún producto de calidad aproximada.

El beneficio en el costo de envío es mayor si, como suele sucedernos, se compran varias cajas juntas para una persona, o si son varias personas en una suerte de pool de compras las que se organizan para recibir el producto en la misma localidad”. Para saber, un pack de 25 cajas de San Juan a Buenos Aires, tiene un costo por caja de 120 pesos para el envío.

“Esto ha cambiado el negocio de las pequeñas bodegas”, en lo que es una renovación del negocio, luego de la caída del consumo en la década de los 50 o 60 con unos 80 litros per cápita al año, para pasar a 18 a 20 litros hasta hace unos años, que tienen relación con el horario corrido de trabajo. Lo que hizo el aislamiento es que las personas volvieron a estar más en sus casas y es ahí donde se recuperó la tradición del vino durante las comidas, o incluso como un gusto por la noche para acompañar un momento de distensión. De todas maneras, Tino entiende que “cuando todo esto pase, el consumo volverá a caer, no vamos a volver al consumo histórico”.

Tino ve que “el vino no se está adaptando a las formas o requisitos de los nuevos consumidores que se acercan al mercado. La industria no se está aggiornando, no sé si por intereses, pero no se están escuchando los requerimientos del consumo”.

Entonces se debería avanzar “a una cartera de productos con menos alcohol, más suaves, más amigables, que se puedan tomar en mayor cantidad sin tener los efectos perjudiciales del alcohol, productos más aromáticos, más frutales, tener nuevos sabores. En el vino estamos muy atados a la usanza europea, al conservadurismo alrededor del vino. Seguimos hablando de madera, del tapón de alcornoque, de la elegancia de las etiquetas. Eso nos está faltando”.

Una vida entre vides, le da a la palabra de Eduardo “Tino” Ranea otro significado, una meta para que el sector se plantee alternativas, busquen nuevos nichos, se enfoquen en los trayectos que han recorrido la cerveza artesanal o el gin, para no alejarnos del alcohol.

Desde Apotema se ofrecen productos de gran calidad, pudiendo recomendarse syrah verdot en tinto y viognier, en blanco. Pero, aunque uno no pertenezca al sector, se puede entender que cuando un producto es bueno, ni bien se vinifica se puede probar desde el tanque, cuando el dueño de casa lo sirve en una copa, tenemos mucho que aprender y para eso lo podemos hacer “en cualquier momento”, como el propio Tino prefiere decir en las despedidas.

Estas actividades forman parte del Círculo Argentino de Periodistas Agrarios y permiten lograr estos vínculos, gracias al apoyo de los ministerios de Agricultura de la Nación y de la Producción de San Juan.

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