Dólar de mercado

11deOctubrede2002a las08:03

Una de las claves de este cuarto trimestre es la desaceleración de la inflación. La variación de 1,3% del costo de vida en septiembre contrasta con los dos dígitos registrados en abril.

Hay factores positivos y negativos detrás de esta tendencia. Entre los primeros se cuenta un relativo control del gasto público y de las fuentes de expansión monetaria vinculadas con el sistema financiero. Pero también hay que tener en cuenta que a los precios les cuesta subir por la brutal caída del poder adquisitivo de los asalariados, que afecta todas las variables vinculadas con el consumo.

Hacia fin del tercer trimestre la caída del salario real promedio de la economía ha sido del orden de 30%, guarismo consistente con los indicadores de consumo de las cuentas nacionales y con la serie de ventas de supermercados.

La desaceleración de la inflación sugiere que no es utópico plantearse un escenario de retorno a la estabilidad para 2003. Ahora bien, la estabilidad de precios que la Argentina debería proponerse tendría que apelar a instrumentos bien diferentes al de “metas de inflación”, utilizados en los últimos años tanto en el país como en el Brasil.

Está claro que no es apropiado repetir la rigidez de la convertibilidad. Pero también debería generarse consenso acerca de la inconveniencia de replicar el esquema de altas tasas de interés utilizado en Brasil, que sólo contuvo temporalmente la subida de precios, pero al costo de abultar la deuda y frenar el crecimiento del PBI.

Una alternativa para procurar estabilidad sin volver a esquemas rígidos es la de la convertibilidad flotante*. Se trata de que el Estado asuma el compromiso de no hacer emisión espuria de dinero y que, por ende, el Banco Central sólo emita pesos cuando el mercado le está vendiendo dólares. Esa operación debería hacerse a un valor piso, definido por el Congreso. Pero se trataría sólo de un piso. Si el dólar cotiza por encima de ese umbral, seguiría flotante.

La regla de no emitir moneda en forma espuria es clave para volver a la estabilidad, y esto podría alcanzarse en 2003 sin necesidad de apelar a altas tasas de interés, que distorsionan los precios relativos y afectan la salida de la recesión, tal como le ocurrió a Brasil.

Al mismo tiempo, la posibilidad de que el tipo de cambio fluctúe libremente por encima del piso es crucial para que los agentes económicos perciban que la exportación podrá ser un negocio rentable por largo tiempo y, además, para que los acontecimientos inesperados, tanto del exterior como de la economía local, se reflejen automáticamente en la paridad diaria.

Cuando los gobiernos argentinos incurrían en desarreglos, subía el riesgo país, pero eso sólo le preocupaba a los especialistas. En el futuro, acciones incorrectas de los gobiernos deberían reflejarse en la volatilidad del tipo de cambio, que es lo que la población percibe automáticamente, de modo de llamarle la atención a los dirigentes políticos. En un esquema de convertibilidad flotante la demanda de pesos no depende del respaldo en dólares de las reservas del Central. Lo que lleva a confiar en la moneda local es el compromiso estricto de que no habrá emisión espuria y, por ende, no habrá riesgos de un shock inflacionario inesperado.

El dólar libre podrá generar cambios de precios relativos, pero no inflación. Por esa razón, las reservas del Banco Central, actualmente por encima de u$s9.000 M, podrán aplicarse a dos fondos de estabilización. Uno vinculado al rol del BCRA como prestamista de última instancia, para asistir eventualmente a entidades con problemas de liquidez. El otro, por ejemplo, hasta u$s4.000 M, servirían para capitalizar el fondo fiscal anticíclico, que la Argentina siempre necesitó y nunca tuvo.

En una época de penurias fiscales como la actual, ese instrumento podría servir para apoyar la realización de ob

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