Lula en la Argentina

04deDiciembrede2002a las08:04
Luiz Inacio Lula Da Silva vino a nuestro país en cumplimiento de su promesa electoral de que la Argentina sería el destino de su primer viaje al exterior si triunfaba en las urnas. Por eso –y tal vez por la inevitable asociación que se establece entre el proceso brasileño de renovación de autoridades y el que nos disponemos a vivir, con bastantes márgenes de incertidumbre, los argentinos– su presencia fue mucho más que un acto protocolar o ritual.

Resultó especialmente valiosa la propuesta del mandatario electo de relanzar el Mercosur, dañado en su momento por la asimétrica política monetaria de sus dos socios mayores, pero abruptamente redimensionado en sus posibilidades durante el transcurso del último año, tras la forzosa e impensada equiparación cambiaria del peso con el real. Trocadas de modo radical las condiciones económicas imperantes, resulta sin duda razonable su invitación a producir un replanteo del modus operandi de la organización.

Las propuestas subsidiarias de dotarla de una moneda común y de un parlamento electivo aparecen como pasos que el tiempo hará tal vez necesarios a medida que se vaya ampliando el escenario del Mercosur y si realmente se visualiza ese esbozo de integración regional como un mecanismo idóneo para promover el bienestar de los pueblos que lo integran. Al respecto, viene al caso recordar que antes de la abolición de la convertibilidad no pocos observadores dudaron de la eficacia de ese organismo frente a otras formas de asociación, más amplias y también más estrechamente vinculadas con los Estados Unidos. La polémica al respecto ha tomado nuevos rumbos a partir de las modificaciones producidas en la Argentina y hoy el Mercosur se afianza como un importante objetivo para los pueblos y los gobiernos del Cono Sur, sin que eso signifique dejar de apostar, al mismo tiempo, a la construcción progresiva del gran mercado común de las Américas.

Las sombras que impiden visualizar, en el contexto actual, un horizonte totalmente auspicioso tienen que ver, sin duda alguna, con el carácter todavía precario del armazón gubernamental que cobija a los argentinos, aquejado de la debilidad propia de un régimen político de transición. Al margen de matices y amables sobreentendidos, parece evidente que Lula carece todavía de un interlocutor en la Argentina que se sitúe ante él en paridad total de vigor institucional y capacidad de convocatoria. Lo tendrá, probablemente, cuando la ciudadanía elija en nuestro país a su próximo presidente.

Por supuesto, corresponde valorar en toda su significación la actitud madura que trasuntan los gestos y definiciones de este esforzado político brasileño, tanto las que ha formulado aquí como las que ha hecho públicas en su país. Es, muy a las claras, un hombre público de sólida imagen personal, que ha optado claramente por el diálogo, por la democracia no distorsionada y por la modernización. Si a la vez esa toma de posición testimonia la franca alineación de un sector considerable de la izquierda o del socialismo brasileños en favor de la moderación política y de la convivencia institucional ordenada, debe celebrarse vivamente el cambio que se ha producido en el país vecino en toda una franja del espectro ideológico y, sobre todo, el abandono de los antiguos sectarismos y de las vetustas propuestas mesiánicas. Como dijo recientemente en España el presidente José María Aznar, es fundamental que se comprenda que ningún país puede ejecutar una política social distributiva si previamente no se ha instrumentado una política efectiva de creación de riqueza. Esta verdad elemental, que en otro tiempo fue ignorada por los sectores de la izquierda radicalizada, es ahora reconocida como una realidad incuestionable aun por quienes hasta hace poco la negaban.

Es altamente reconfortante que la prédica del presidente electo de Brasil sea la de un hombre de Estado consustanciado con los