Cuando el clima castiga al campo

Paradojas del clima. Las lluvias que desde el martes se suceden en buena parte de la zona pampeana terminaron anegando algunos campos que hasta hace unas horas sufrían los efectos de una devastadora sequía.

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09deOctubrede2003a las08:08

Danilo Lima

El agua, sin embargo, llegó tarde porque la falta de precipitaciones ya había hecho estragos y generado cuantiosas pérdidas en importantes áreas productivas de las provincias de Buenos Aires, La Pampa, Córdoba, San Luis y Mendoza.

Más de 25.000 bovinos y 45.000 caprinos muertos, pérdidas totales en algunos cultivos de trigo y atraso en la siembra de granos gruesos, especialmente maíz y soja, son los principales daños provocados por la sequía, aunque con el correr de los días esas cifras seguramente aumentarán.

Entre Ríos, mientras tanto, en esta campaña afortunadamente zafó de la seca y, en nuestra zona, incluso, ya llovió más de la media histórica esperada. Las precipitaciones de ayer, además, aportaron una muy buena cantidad de humedad para los cultivos de trigo que se encuentran en espigazón, etapa en donde el agua es fundamental porque es allí donde se definen los rendimientos.

Estas lluvias también han estimulado la germinación y emergencia de los últimos lotes sembrados con maíz y, en el caso del arroz, las precipitaciones permitieron revertir el estado de déficit hídrico que impedía la normal germinación y emergencia del grano. Favorecieron a su vez la recarga de agua de las represas, necesaria para el riego posterior.

Pero el buen desarrollo de los cultivos entrerrianos contrasta con lo que viven hoy miles de productores del resto del país, especialmente bonaerenses y pampeanos, que atraviesan una situación desesperante; las pérdidas son millonarias e irreversibles.

El Gobierno ha declarado la emergencia y/o desastre agropecuario en numerosas zonas afectadas, una medida que se instrumentó con cierta rapidez pero que ayuda sólo en parte a los damnificados pues la legislación, esencialmente, lo que hace es diferir el pago de impuestos por seis mes o un año, y nada más. Y todos saben que los productores necesitan mucho más que eso para superar los quebrantos que producen fenómenos climáticos de este tipo.

De allí que es imperativo que los gobiernos nacional y provinciales, el Congreso, los organismos técnicos y las entidades que agrupan a los productores, pasada la emergencia, se sienten a una mesa para debatir en serio una legislación moderna y ágil que sea verdaderamente eficiente antes desastres como la sequía y suministren una asistencia inmediata a los hombres de campo, fundamentalmente en materia de líneas de crédito razonables.

Las sequías —y los demás desastres naturales— que afectan a la producción agropecuaria no son demoledores únicamente para los productores sino que el país todo se ve perjudicado ya que las pérdidas de cosechas y de haciendas significan menores ingresos para el fisco. El Estado, entonces, tiene la indelegable obligación de diseñar las herramientas adecuadas que atenúen los efectos negativos de estos cíclicos fenómenos climáticos. Y debe hacerlo por el bien de todos.

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