El tambo le busca la vuelta

A pesar del momento difícil, los hermanos Rausch redoblan la apuesta con genética y automatizaciones.

04deOctubrede2008a las08:39

Frente a un escenario de mucha incertidumbre, hay tambos que resisten. En rigor, sus responsables buscan encontrarle la vuelta a una actividad que se debate entre los costos crecientes, los valores internacionales de la leche en baja, los controles de precios del Gobierno nacional y, por si fuera poco, una sequía que liquidó las pasturas (incluidos los rollos de reserva) y plantea dudas sobre los cultivos forrajeros retrasados, que así le restan sustentabilidad al ciclo.

Los más afectados por la situación son los tambos medianos y chicos, con impronta familiar, que en muchos casos carecen de financiación para capear el temporal.

En este contexto, un caso entre miles es el de Alcides (45 años), Claudio (41) y Javier (39) Rausch, tres hermanos que cada madrugada, y cada tarde, renuevan su apuesta por las vacas lecheras. Es su manera de darle valor agregado a los granos y a las pasturas que siembran en 150 hectáreas propias y otras 350 hectáreas que alquilan a vecinos, en un radio de 40 kilómetros.

Si la condición moderna de un tambero eficiente es ser un muy buen agricultor, como el primero de una serie de requisitos, los Rausch llevan adelante el desafío con rotaciones de diversos cultivos. Eso no sólo les permite eficientizar los costos tamberos sino también ganar en competitividad frente a otras opciones en el uso de la tierra.

De las 500 hectáreas que cultivan, han ido aumentando progresivamente la cantidad de las que dedican a la producción de alimentos para el tambo: hoy son más de 100, entre una 60 de pasturas (en mayor medida alfalfa, pero también lotus y algo de avena). Además, destinan -cada año en diferentes lotes- unas 25 hectáreas de lo que siembran de maíz, y otro tanto de sorgo. En este caso, reparten la producción entre silos de grano húmedo y de planta entera.

La integración productiva que plantean los Rausch tiende lazos tranqueras afuera. Por ejemplo, la dieta es controlada por una nutricionista, aportada por la industria a la que proveen, e incluye pellets de soja, que se transforma en parte del alimento balanceado luego de que una parte de los porotos oleaginosos son prensados por una aceitera de la zona.

Con todo, estas tácticas se definen en "el corazón de la fábrica de leche", representado por las propias vacas; en el tambo de los Rausch hoy hay 93 en ordeñe, que en total producen 2.200 litros diarios, y sus responsables no sólo esperan aumentar la cantidad de animales. En los últimos años apostaron a la incorporación de genética bovina y ya están viendo los resultados: tienen algunos ejemplares que casi duplican el promedio. Y por ese camino van por más.

Antes de seguir, vale detenerse un par de párrafos en la historia de esta familia. Los Rausch Yacob (éste es el apellido materno de los tres hermanos) son parte de la tercera generación argentina de una colonia de alemanes del Volga. Hace poco más de un siglo, los bisabuelos de Alcides, Claudio y Javier, entre otros pioneros, fundaron un pequeño pueblo entre las lomadas entrerrianas, esas que un par de décadas antes habían parido la Confederación Argentina.

Un docena de familias le dio vida al pueblo Aldea Santa María en el centro oeste de Entre Ríos, pegado a María Grande (el pago natal de Alfredo De Angeli), y a unos 50 kilómetros de Paraná. Desde entonces hasta hoy, lo agropecuario centraliza la actividad económica de unas 400 personas, la mayoría muy católica, que en las últimas semanas rezó más que nunca para que Dios envíe de una vez las lluvias necesarias.

Con el tambo, los Rausch arrancaron de abajo, en el campo que el abuelo había heredado. Don Julio Rausch, padre de estos tres y otros seis hijos (que buscaron otro rumbo y vendieron su parte), plantó la primera bandera láctea, que llegó a ser una fábrica de quesos, pero la

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