Los argentinos, de carne somos
El asado no es algo propio de los argentinos. Pero, como en el fútbol, estamos convencidos de que -sin lugar a dudas- tenemos el mejor del mundo. Costillas, achuras, chorizos y otros cortes forman parte de cualquier reunión social - familiar, de trabajo, etc.
Milanesas con fritas, una colita de cuadril bien dorada al horno con papas. La carne forma parte de la dieta básica de todos, resistente a todas las crisis económicas que ha pasado el país. Esta, quizás, sea la más complicada de todas, no tanto por la suba de precios, sino por la escasez de animales, algo que fuera impensable en tiempos pasados.
El término "carnicero" tiene una connotación negativa en manera general: Idi Amín Dada, el dictador ugandés, era conocido como el "Hitler africano" o bien como "el carnicero de Kampala". Le sirvió a Maradona para insultar a Batista ("un carnicero no puede ser técnico de una selección"). Surge claramente como sobrenombre de boxeadores o de crueles asesinos, como queda demostrado en la excelente película de Claude Chabrol de 1969, que lleva por título este oficio.
Sin embargo, nadie de la casa se sorprende cuando alguien dice: "me voy del carnicero". Ante el panorama antes mencionado, uno no debería permitirle a esa persona ni siquiera que se acerque a la puerta.
La respuesta, en realidad, es clara: para los argentinos, el carnicero es alguien al cual conviene tenerlo de amigo. A tal punto, que todos recordamos aquel entrañable personaje de Guillermo Francella. Enfundados en sus largos delantales blancos, asoman por detrás de un amplio mostrador en el que sin vergüenza despliegan su arte, articulando con apuro y fiereza las cuchillas de distintos tamaños que hacen fila o bien en el mostrador o en un rincón.
