Avellaneda y el agua del Paraná
Por HÉCTOR A. HUERGO
21deMayode2011a las07:28
Varios eventos se ensañaron con el sector agropecuario desde el 2008. El embate K encontró su límite con el triunfo del campo en la batalla de la Resolución 125. La célebre iniciativa de Lousteau (que se lo llevó puesto a él y a varios otros ministros, y permitió como contrapartida que hoy el campo tenga nuevamente su Ministerio de Agricultura, un valor a defender) fue tumbada en el Congreso.
Pero de inmediato se aunaron dos nuevas calamidades. Primero, el derrumbe de los precios por la crisis internacional. Y al mismo tiempo, el embate de la sequía que se enseñoreó en todo el territorio pampeano. Y en algunas regiones, con particular virulencia.
Por ejemplo, en el norte de Santa Fe. Allí hizo estragos. La imagen ominosa de miles de animales muertos de hambre y sed, además de las cosechas perdidas, recorrió las pantallas de la TV. Toda la estructura económica y social de la región crujió junto a las osamentas.
Era como para bajar los brazos. Lo recuerda hoy Héctor Braidot, presidente de la Unión Agrícola Avellaneda, una imponente cooperativa duramente afectada por la pérdida de la cosecha. La organización acopiaba más de medio millón de toneladas, les agrega valor a través de una integración avícola (un caso a analizar ahora que se habla tanto de asociativismo y la “industrialización en origen”), y tiene hasta un supermercado completísimo que atiende a la colonia y a la ciudad de 30.000 habitantes.
Lo primero que hicieron fue lograr una refinanciación por 60 millones de pesos. Y ya están terminando de pagar, porque en el 2010 y ahora los chacareros pegaron la cosecha y los precios están de nuevo entonados. Pero ya habían mordido el polvo de la sequía. Y como era un tema recurrente, decidieron salirle al cruce. “Con el río Paraná pasando a 10 kms, con un caudal de 17.000 metros cúbicos por segundo, necesariamente teníamos que buscar la forma de traer el agua para regar”, dice Braidot. Toda la comunidad de Avellaneda se alineó atrás de un proyecto que incluye al gobierno municipal, al INTA, a las empresas y hasta a la iglesia.
El cura párroco local es el principal agitador de la idea: una obra de ingeniería para llevar el agua a 14.000 hectáreas. Con especialistas locales (ingenieros, constructores, sociólogos, ecólogos, agrónomos, etc) hicieron un minucioso estudio, financiado con aportes de las fuerzas vivas. Cinco estaciones de bombeo elevarán el agua, que llegará a las chacras a través de 137 kilómetros de canales. Asegurarán una provisión de 150 milímetros por mes, suficientes para garantizar la cosecha. Y ahora sí, aplicar toda la tecnología, que hoy se retacea por el riesgo climático. Imaginemos el futuro con lo que ya hay: maíces para regiones templado cálidas, con eventos de tolerancia a insectos. Soja RR y Bt, para cuando nos pongamos de acuerdo. Ganadería intensiva bajo maíz, sorgo y soja. Praderas megatérmicas con riego suplementario. El doble de producción, y todos los años. Vendrán las plantas de etanol, la integración porcina, seguirán brotando galpones de parrilleros.
Para el Paraná, que discurre con más pena que gloria hacia el mar para salinizarse ridículamente, es una gota de agua en el océano. El modelo podrá ser repicado, como en el Mississipi, el Nilo, o los ríos que riegan los indispensables arrozales chinos. La obra, que obviamente es una obra pública, cuesta 12 millones de dólares. Menos de mil por hectárea. Hoy, por retenciones, el gobierno nacional se lleva 300 dólares por año. Se paga sola, y rápido. Sin considerar el efecto multiplicador y el ahorro en cordón vereda y cloacas para los que emigran en busca de la quimera social.
En Avellaneda están los fierros y la gente, las empresas y las instituciones. La levadura. Falta agregar agua a la masa. Que el año electoral no distraiga a los argentinos. A las cosas.
Pero de inmediato se aunaron dos nuevas calamidades. Primero, el derrumbe de los precios por la crisis internacional. Y al mismo tiempo, el embate de la sequía que se enseñoreó en todo el territorio pampeano. Y en algunas regiones, con particular virulencia.
Por ejemplo, en el norte de Santa Fe. Allí hizo estragos. La imagen ominosa de miles de animales muertos de hambre y sed, además de las cosechas perdidas, recorrió las pantallas de la TV. Toda la estructura económica y social de la región crujió junto a las osamentas.
Era como para bajar los brazos. Lo recuerda hoy Héctor Braidot, presidente de la Unión Agrícola Avellaneda, una imponente cooperativa duramente afectada por la pérdida de la cosecha. La organización acopiaba más de medio millón de toneladas, les agrega valor a través de una integración avícola (un caso a analizar ahora que se habla tanto de asociativismo y la “industrialización en origen”), y tiene hasta un supermercado completísimo que atiende a la colonia y a la ciudad de 30.000 habitantes.
Lo primero que hicieron fue lograr una refinanciación por 60 millones de pesos. Y ya están terminando de pagar, porque en el 2010 y ahora los chacareros pegaron la cosecha y los precios están de nuevo entonados. Pero ya habían mordido el polvo de la sequía. Y como era un tema recurrente, decidieron salirle al cruce. “Con el río Paraná pasando a 10 kms, con un caudal de 17.000 metros cúbicos por segundo, necesariamente teníamos que buscar la forma de traer el agua para regar”, dice Braidot. Toda la comunidad de Avellaneda se alineó atrás de un proyecto que incluye al gobierno municipal, al INTA, a las empresas y hasta a la iglesia.
El cura párroco local es el principal agitador de la idea: una obra de ingeniería para llevar el agua a 14.000 hectáreas. Con especialistas locales (ingenieros, constructores, sociólogos, ecólogos, agrónomos, etc) hicieron un minucioso estudio, financiado con aportes de las fuerzas vivas. Cinco estaciones de bombeo elevarán el agua, que llegará a las chacras a través de 137 kilómetros de canales. Asegurarán una provisión de 150 milímetros por mes, suficientes para garantizar la cosecha. Y ahora sí, aplicar toda la tecnología, que hoy se retacea por el riesgo climático. Imaginemos el futuro con lo que ya hay: maíces para regiones templado cálidas, con eventos de tolerancia a insectos. Soja RR y Bt, para cuando nos pongamos de acuerdo. Ganadería intensiva bajo maíz, sorgo y soja. Praderas megatérmicas con riego suplementario. El doble de producción, y todos los años. Vendrán las plantas de etanol, la integración porcina, seguirán brotando galpones de parrilleros.
Para el Paraná, que discurre con más pena que gloria hacia el mar para salinizarse ridículamente, es una gota de agua en el océano. El modelo podrá ser repicado, como en el Mississipi, el Nilo, o los ríos que riegan los indispensables arrozales chinos. La obra, que obviamente es una obra pública, cuesta 12 millones de dólares. Menos de mil por hectárea. Hoy, por retenciones, el gobierno nacional se lleva 300 dólares por año. Se paga sola, y rápido. Sin considerar el efecto multiplicador y el ahorro en cordón vereda y cloacas para los que emigran en busca de la quimera social.
En Avellaneda están los fierros y la gente, las empresas y las instituciones. La levadura. Falta agregar agua a la masa. Que el año electoral no distraiga a los argentinos. A las cosas.
