La "OPEP" de los granos

El autor analiza la posible creación de un monopolio regional de países de Europa del Este y de Rusia para el manejo de la oferta de granos, en un contexto de crisis alimentaria. Sostiene que este tipo de iniciativas brindan “munición gratuita“ a los gobiernos proteccionistas que reniegan del comercio como herramienta de seguridad alimentaria.

19deNoviembrede2011a las08:14

A fines de octubre, cuando faltaban 72 horas para comenzar la Cumbre del Grupo de los 20, el primer ministro de Ucrania, el doctor Mykola Azarov, comentó en Kiev que los gobiernos de Rusia, Kazajstán y el de su país habían congelado, “por el momento”, la idea de crear un pool de granos, una especie de OPEP agrícola.
Aunque esa referencia podía haber tenido el efecto de una bomba de sal sobre una herida abierta, la noticia sólo tuvo eco en un micro-círculo especializado. Ninguna consideración novedosa afectó los alcances del Plan aprobado por el G20 para revertir la crisis alimentaria.


¿Por qué retomar entonces los dichos del doctor Azarov?. Por prudencia.
El trío de naciones que dice haber almacenado la idea de montar un pool de granos no es un ensamble marginal. Sus miembros figuran en la nómina de los siete primeros exportadores mundiales de granos y sus gobiernos son los que optaron por mitigar las consecuencias de una devastadora sequía con un extenso y radical corte del abastecimiento externo. Ese fue el tipo de decisiones que contribuyeron a sostener cerca de las nubes los precios internacionales desde mediados de 2010 hasta agosto pasado, momento en el que los granos de esa región comenzaron a reaparecer en el mercado.


Esa situación particular, una sequía mayor, no es la problemática medular que tuvieron en cuenta la FAO, la OECD y luego el Grupo de los 20 al denunciar, con insistencia, la función desestabilizadora que desde fines de 2007 venían ejerciendo las restricciones a la exportación que aplicaron varios “graneros del mundo”. Si bien nadie creyó jamás que tales restricciones fueron la única ni la central de las causas de la crisis, los fundamentos de esas declaraciones no deberían tomarse a la ligera.


Los reparos de la comunidad internacional enfatizaron que los recortes del abastecimiento sirvieron para estimular en lugar de moderar la crisis alimentaria. Hacían alusión a que tanto las reglas habituales de convivencia entre abastecedores e importadores, como las leyes internacionales vigentes se concibieron para atender la situación de aquellos proveedores que pudiesen enfrentar demostrables situaciones de escasez transitoria de productos, no a los problemas de carestía que cohabitan con niveles de oferta que en ningún momento se vieron como insuficientes para garantizar, con abundancia, las necesidades de cada uno de los consumos nacionales de esos países.


Y si bien la inflación y la escasez son parte de la misma familia de dificultades, nadie ignora que ambos fenómenos pueden encontrar respuesta en el comercio exterior y en mecanismos racionales de subsidio popular.


El otro motivo de interés o quizás aprensión por las ideas que dejó flotando Azarov, es político. Se relaciona, por un lado, con las consecuencias que supone promover con medidas del Estado la sistemática elevación de precios y, por el otro, la noción de darle la espalda a las dificultades que puedan experimentar los importadores de alimentos de las naciones menos desarrolladas que padecieron y padecen el disloque de la aludida crisis.
Las razones socio-económicas que detonaron la “primavera árabe” son un ejemplo bastante claro de las perturbaciones que la comunidad internacional no puede pasar por alto.


Sin opinar acerca de la sensatez técnica del método propuesto para mantener la legítima aspiración de lograr precios remunerativos y estables para los productores agropecuarios, la iniciativa de constituir una especie de monopolio regional para imponer el manejo ce

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