A diez años del corralito: la historia que nos dejó

El 3 de diciembre se cumplen diez años del congelamiento de depósitos bancarios inmortalizado como “el corralito“. Por Martín Lagos, ex vicepresidente del Banco Central (1996-2001).

02deDiciembrede2011a las15:44

Aunque habían pasado ya siete meses desde mi alejamiento del Banco Central, después de haber trabajado casi cinco años en pos del fortalecimiento del sistema bancario viví la jornada con estupor. Casi dos años antes (el 10/12/1999) Fernando de la Rúa había asumido la presidencia tras una campaña electoral en la que se había comprometido a mantener el régimen monetario vigente desde el 1/4/1991, es decir la convertibilidad del peso al dólar o “uno a uno”.

La economía había estado cinco trimestres en recesión (desde el tercero de 1998 y hasta el mismo de 1999) y si bien en el último trimestre de 1999 se insinuó el comienzo de una recuperación, la merma del 3,4%  experimentada por el PIB en ese año había debilitado notablemente las finanzas del fisco. Después de siete años (1992-1998) durante los cuales el déficit fiscal había promediado 4,2% del PIB, en 1999 ese desequilibrio había saltado a 6,6% (debido a menores ingresos y mayor gasto, en partes casi iguales), lo que se reflejó en un aumento equivalente de la deuda pública y de los intereses que la misma devengaba.

Considerados objetivamente, la dimensión de la deuda pública (50% del PIB), su perfil de vencimientos y los déficits fiscales a corregir o financiar (6% del PIB) eran magnitudes manejables. Pero el peso “inamovible” estaba pegado a un dólar sobrevaluado en el mundo (euro a 90 centavos de dólar; dólar a 2,20 reales); algunos precios domésticos y salarios desalineados no eran lo suficientemente flexibles a la baja y los commodities exportables valían la mitad que hoy.

Entonces, había que mejorar sustancialmente el resultado fiscal y progresar en las condiciones de sustentabilidad del tipo de cambio fijo en las áreas en las que el gobierno de Menem había “arrastrado los pies” y había que hacerlo sin abortar la salida de la recesión. Todo un desafío cuya superación no era imposible, pero requería capacidad, liderazgo y algo de suerte...

En 2000 se probaron dos paquetes: uno fiscal a mediados del año que incluyó una baja de sueldos en el sector público y un aumento del impuesto a las categorías altas de ganancias (que el ingenio popular bautizó como “la tablita de Machinea”) y otro financiero a fin de año (que el gobierno pomposamente lo llamó “blindaje” y que fue la última gran operación de rescate financiero internacional apoyada por los EE.UU. bajo la presidencia de Bill Clinton).

Cada paquete tuvo sus más y sus menos, pero en ambos casos la mayor carencia fue la falta del marco político de confianza necesario para que la inversión y el consumo agregados se mantuvieran en alza. La orientación general que de la Rúa le quería dar a la política económica no contaba con el apoyo franco ni de la coalición gobernante (la Alianza) ni el partido radical y pronto se hizo evidente que el estilo del presidente para ejercer el poder no lograba contrarrestar la imagen de debilidad resultante. A juicio de quien esto escribe ese fue el principal factor que explica la falta de crecimiento en el año 200[1].

La debilidad política de de la Rúa se hizo patente en octubre de 2000 cuando la renuncia el vicepresidente Carlos (Chacho) Álvarez y la fractura de la Alianza. Una corrida que hizo perder a los bancos unos US$2.000 millones en pocas semanas (recuperados antes de fines del año) y la caída de los precios de los títulos públicos, dejaron bien en claro el veredicto de los mercados financieros sobre la crisis política.

Por entonces, además, ya habían comenzado las operaciones políticas de la diputada oficialista Elisa Carrió y – separadamente – de grupos empresariales y políticos para desplazar al presidente del Banco Cent

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