Inflación, fuga, devaluación y emisión: un año para atacar la parte del león
Si el 2012 fue el año donde la pesificación se afianzó y las causas que le dieron origen –el atraso cambiario y la fuga de capitales– sobrevivieron (aunque con dispar expectativa), el 2013 será, en opinión de muchos, la segunda parte de una película que no ha logrado la aceptación generalizada de la crítica y el público y que todavía lucha por estar en cartel.
En el reparto, el desequilibrio fiscal, la insuficiente inversión, la expansión monetaria, la puja distributiva, el gasto público, y las estructuras oligopólicas del mercado podrían volver a tener un papel relevante. La inflación se llevará la parte del león, ya que es consecuencia directa de la interacción de ese conjunto.
En los últimos años el incremento de los precios no ha bajado de 25% anual con la tenaz distorsión que conlleva en la inversión bruta, la exangüe supervivencia del poder adquisitivo de los salarios y el deterioro del tipo de cambio real. No es el 2001: el empleo se mantiene en niveles aceptables, el consumo arrasa, y muchos sectores siguen registrando ganancias que son récord, pero habrá que asumir que se pasó de un crecimiento a tasas chinas, a un escenario de latencia, donde las decisiones de inversión se postergaron y las que sí se hicieron, sirvieron, apenas, para sostener el nivel de actividad. El año electoral es la clave: de ahí se desprende que habrá mayor gasto público, políticas para estimular el consumo, planes sociales más generosos, y hasta acuerdos salariales. La restricción externa (mercados menos dispuestos a importar, bancos centrales interesados en debilitar tasas y tipos de cambio para ganar competitividad que definen, por ende, la disponibilidad de divisas) será determinante para saber qué margen de recuperación podrá tener la economía.
