La visión de la Argentina del nuevo ministro de Economía

"Si hay algo en lo que Argentina falló en los últimos no 30, sino 80 años, es en establecer un proyecto detrás de una dirección", afirmaba Prat Gay en 2013.

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Ser un país desarrollado, la gran asignatura pendiente, según el economista.

Ser un país desarrollado, la gran asignatura pendiente, según el economista.

04deDiciembrede2015a las08:42

El mayor logro de la democracia en estos treinta años es haber sobrevivido a crisis políticas, económicas y sociales que en el pasado la hubieran puesto en duda. Los levantamientos militares en la década del ´80, las crisis económicas de 1989 y de 2001, y las prácticas políticas corruptas de los veinte años de gobiernos menemista y kirchnerista, han provocado mucha desilusión en las expectativas generadas con la asunción de Raúl Alfonsín aquél inolvidable día soleado de 1983. Pero no han puesto en duda que es el mejor sistema de gobierno y que los ciudadanos, además de defenderlo, debemos bregar día a día para mejorarlo y hacerlo más transparente.

Si hay algo en lo que nuestra Argentina falló en lo últimos no treinta, sino ochenta años, es en establecer un proyecto detrás de una dirección. Durante las últimas décadas tanto la dirigencia política como la dirigencia sindical y la empresaria han caído, aún a veces en contra de su voluntad, en un cortoplacismo muy pernicioso para el desarrollo de las instituciones y de la economía del país. Paga más pensar en la renta inmediata de los próximos tres meses que ser parte de un proyecto nacional de desarrollo. Hay una incapacidad histórica de nuestra dirigencia que hay que tomar como punto de partida para lo que tenemos que cambiar.

Históricamente el país osciló y continúa oscilando entre una política institucional anti-transformadora y una política anti-institucional que se pretende transformadora. Lo que no hay como ejemplo de paradigma político en la historia del país es una política que sea al mismo tiempo transformadora e institucional. Para eso sería necesario innovar en las instituciones, y es ésta para mí, una de las mayores deudas de estos treinta años de democracia: la flaqueza de la imaginación institucional.

A los argentinos nos falta ser audaces cuando nos va bien. Si uno mira la historia económica argentina de los últimos cien años, los grandes errores de política económica y las grandes decisiones equivocadas en el manejo de la cosa pública tuvieron lugar cuando nos iba muy bien. No hemos sabido administrar los momentos de bonanza, los momentos de bienestar económico. En gran medida esa realidad es la contrapartida de un esquema de instituciones muy débiles y una cultura muy cortoplacista. Somos conservadores durante el boom hasta incluso muy cerca del desenlace final en una crisis. Después sí somos audaces en la resolución de la crisis. Seguramente porque ya no hay nada que perder; está todo perdido.

El verdadero estadista es el que, a partir de una visión nacional de país que se proyecta hacia delante, logra convencer a los corazones y a las mentes de ser audaces aún en los tiempos de bonanza. Ese es el gran desafío. Es lo que no se hizo, por ejemplo, una década atrás cuando comenzaron a sobrar los recursos por la recuperación del precio de nuestras exportaciones. El desafío era convencer a los argentinos de que esa "yapa" de u$s 20.000 millones por año, 4% del ingreso nacional, había que invertirlos para la próxima generación y no gastarlos para la próxima elección. Eso ya lo hemos despilfarrado. Demasiados populistas para tan pocos estadistas, es la marca de nuestra historia.

Hoy la economía internacional ofrece un marco muy favorable para apuntar al desarrollo sustentable, a diferencia de lo vivido en los últimos ciento cincuenta años. Desde el punto de vista de la reorganización de algunas instituciones internacionales, desde el punto de vista de la reaparición de China en el concierto internacional de las naciones (digo reaparición porque antes de la Revolución Industrial, China era una superpotencia) y la implicancia que esto tiene para países de nuestra región y para Argentina en particular: un trampolín para nuestras perspectivas comerciales. Ya no estamos más en el mundo que tan bien describía Raúl Prebisch, en el que los países periféricos estaban condenados, como Sísifo, a quedar siempre fuera del "centro".

La revolución que vimos en el campo en Argentina en los últimos años parte de una ventaja comparativa comercial que, curiosamente, se fue gestando cuando Argentina no tenía un panorama internacional favorable.

Hoy tenemos una ventaja adquirida. Hoy tenemos una tecnología de punta en un sector donde hay pequeños minifundios que componen la gran producción y donde se puede unir la mejor tecnología posible para poder aprovechar esas ventajas. Nuestro país tiene una creatividad y una potencialidad que está allí, muchas veces perdida porque no se la aprovecha desde el funcionamiento de las instituciones y desde un horizonte de planeamiento que en general es bastante corto. Entonces esa creatividad, que necesita un tiempo para desarrollarse y alcanzar su plenitud, con esta volatilidad económica e institucional que padecemos, muchas veces es desaprovechada. Por tanto la tarea fundamental en este período histórico es organizar un modelo estable de desarrollo basado en la ampliación de oportunidades y el fortalecimiento de las capacidades.

Pero en el punto de partida actual no podemos obviar tampoco la cuestión de la desigualdad, que no era ni por asomo tan intensa como lo es hoy ni en la época de Frondizi, ni en la de Perón, ni siquiera a principios del siglo pasado. Este es un fenómeno nuevo para culturas como la argentina, que tradicionalmente no han estado acostumbradas a la desigualdad. Está demostrado que, no es solamente por una cuestión humana natural y moral de equidad que queremos que las sociedades no sean tan desiguales, sino también por una cuestión de eficiencia. Las sociedades más desiguales son las que tienen más problemas de corrupción, las que sufren más la falta de seguridad, son las que tienen menos calidad institucional, menos calidad educativa, etc. Hay mucho trabajo de reparación que hacer en Argentina, además de trabajar en las ideas y la visión.

No solamente con una generación y media que está al borde de ser perdida, por todas las crisis del pasado, sino también por la calidad de la burocracia estatal, que se ha ido deteriorando muchísimo en los últimos años.

Todo esto plantea un desafío muy exigente. Hay ahora una sociedad muy desigual, muy fragmentada, muy polarizada -no solamente en las ideas sino también en los aspectos económicos- que hay que tratar de encolumnar detrás de una visión de país. Es una sociedad además bastante acostumbrada al populismo, proclive a postergar el futuro a cambio de un presente dichoso, sin preguntarse lo que va a pasar en los próximos dos o tres años. Es por ello que debemos volver a entender y conciliar las bases de cómo entendemos nuestra democracia, para no volver a caer una y otra vez en el mismo error.

Una democracia participativa

El fin último de cualquier democracia es que las sociedades se desarrollen y que sus integrantes vivan cada vez mejor. Para eso, nuestra democracia debería aspirar a una gran asignatura pendiente que es convertirnos en un país desarrollado, y esto se logra cuidando dos frentes simultáneamente. Por un lado, el crecimiento, definido como la capacidad de generar de manera sostenida un salto en la inversión, la innovación y la tecnología, que nos permita producir más y mejores bienes y servicios. Por otro lado, debemos garantizarle más seguridad a las personas, pero seguridad definida en un sentido amplio, esto es, el sentimiento de que no hay imponderables que los dejen desprotegidos, que puedan sentir que pertenecen a una Nación que genera una red de protección y que promete una calidad de vida adecuada a las futuras generaciones. Argentina como un país para vivir y para quedarse.

Ambos frentes se potencian el uno al otro. En el mundo moderno, los países se vuelven más prósperos cuando se atreven a innovar. Para una persona, esto implica atreverse a estudiar y a capacitarse; para un profesional, a cambiar de empresa o de rubro, estar permanentemente aprendiendo. Para una empresa es lanzar un nuevo producto, buscar un nuevo mercado. Para un emprendedor, es animarse a irrumpir con nuevos diseños, productos o servicios. Y el atreverse conlleva riesgos. Nos podemos equivocar, no acertarle con un nuevo producto, que no nos guste esa nueva carrera o padecer una enfermedad o un accidente. Justamente para que la gente pueda atreverse, para que tenga la posibilidad de innovar, tiene que haber una red de protección, una sensación de continuidad, y un fuerte entusiasmo por el futuro.

Pero la innovación requiere también de lo que Schumpeter llamaba la "destrucción creativa", que desplaza recursos de lo viejo hacia lo nuevo, y que en ese proceso desestabiliza las relaciones de poder existente, tanto políticas como empresariales y sindicales. Y el apoyo a esta etapa requiere la creciente participación de los ciudadanos en el poder, precisamente para neutralizar el peso de los defensores del status quo.

Cuanto mayor nuestra innovación y crecimiento económico, mayor la posibilidad de generar más seguridad e igualdad de oportunidades para todos, que nos asegure una nueva vuelta en el círculo virtuoso. La imposibilidad de generar este circuito virtuoso es lo que determinó nuestra creciente frustración como Nación en los últimos 80 años. La generación del '80 supo entender e imaginar la necesidad del desarrollo, pero tardamos mucho en acompañarlo con una red de protección e igualdad de oportunidades. Cuando lo hicimos a mediados del siglo XX descuidamos el crecimiento económico, y nos fuimos convirtiendo en una sociedad estancada que vivía de los recuerdos de los "tiempos pasados que siempre fueron mejores".

La enseñanza de la historia es que no se disminuye adecuadamente la desigualdad sin reorganizar la economía de mercado en su contenido institucional. Voy a dar un ejemplo de la historia de Estados Unidos en el siglo XIX. Los estadounidenses repudiaron el camino inglés de la concentración agrícola y lo reemplazaron por una política agresiva de distribución de tierras y de cooperación entre los gobiernos y los productores agrícolas. Organizaron un sistema de agricultura familiar con características empresariales, marcada por una competencia cooperativa entre los productores y por coordinación estratégica descentralizada entre estos y los gobiernos. Con eso fundaron el sistema de agricultura familiar más eficiente que había existido en la historia hasta ese momento.

Cuando hicieron estas cosas en materia agrícola, no estaban regulando los mercados, no estaban compensando las desigualdades de los mercados a través de políticas compensatorias. Estaban innovando en la manera de organizar la economía de mercado, en beneficio de una ampliación de oportunidades. Es exactamente eso lo que nosotros tendremos que hacer, muchas veces, en todas las dimensiones de la vida nacional, no copiando el contenido de otros ejemplos, pero sí observando el método. El método pasa por entender que las formas institucionales de la economía de mercado y de la democracia política que existen hoy son solo un segmento de un universo mucho más amplio de posibilidades institucionales.

En nuestro país hay una contradicción fundamental entre la vitalidad de nuestros recursos humanos, energéticos, naturales, y un marco institucional estructural que le niega a la mayoría los instrumentos económicos y educativos para fecundar esa vitalidad. Tenemos que resolver esa contradicción. Y para hacerlo tenemos que innovar en nuestras instituciones. El obstáculo principal es el colonialismo mental, la tendencia a creer, equivocadamente, que podemos avanzar copiando o importando el formulario institucional de los países que históricamente tomamos como referencia, o en el otro extremo, criticándolo y culpándolo como responsable de nuestras propias impotencias.

La democratización de la economía debe tener como contraparte una profundización de la democracia, la creación de una democracia de alta energía, que no necesite de las crisis para facultar los cambios. Esa es la gran tarea histórica que no fue cumplida ni por el radicalismo ni por el justicialismo. Deberá ser, entonces, un movimiento de rebeldía nacional, rebeldía no sólo en el plano político y económico, sino también en la vida intelectual. Lo verdaderamente crítico es fortalecer la democracia representativa, la conexión del pueblo con sus dirigentes.

Esto requerirá, entre otras cosas, fortalecer el funcionamiento de los partidos políticos. Hay que pensar una reforma de los partidos políticos que sea más inclusiva, que transparente a los partidos, que establezca una manera de militancia que hoy prácticamente no existe en Argentina. Sin partidos políticos fuertes seguiremos en manos de los grupos de poder y/o de la figura marketinera de turno, fácil víctima de aquellos. No nos podemos conformar entonces con festejar treinta años seguidos de democracia. Debemos plantearnos desafíos más grandes para las próximas tres décadas. Reformas institucionales que traigan más oportunidades para todos. Que ayuden a pensar y decidir más allá del corto plazo. Para eso, es clave ser justos en el hoy y muy ambiciosos para el mañana.

La única manera en que dentro de 30 años, nuestra democracia haya transformado la melancolía del pasado en esperanza de un mejor futuro.

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