Recuperó una tradición silenciada por 60 años en el campo y montó un espacio único: un proyecto que nació para devolverle a Entre Ríos lo que una ley injusta de 1934 le arrebató

BordeRío nació en Entre Ríos con el objetivo de demostrar que la vitivinicultura podía desarrollarse fuera de las regiones tradicionales; a más de una década de su creación, la bodega combina producción, gastronomía y turismo en uno de los proyectos más singulares del país

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21deJuliode2026a las11:00

Durante décadas, la vitivinicultura argentina estuvo asociada casi exclusivamente a Mendoza, San Juan o Salta. Sin embargo, en Victoria, Entre Ríos, una bodega decidió desafiar esa lógica y apostar por una región que había quedado fuera del mapa vitivinícola durante más de seis décadas.

BordeRío nació en 2014 con una premisa clara: demostrar que era posible elaborar vinos de calidad en el litoral argentino. Lo que comenzó como una apuesta productiva terminó convirtiéndose en un proyecto que integra viñedos, bodega, gastronomía y turismo, a poco más de una hora de Rosario.

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Detrás de esa iniciativa está Verónica Irazoqui, una empresaria proveniente del sector tecnológico, que encontró en la historia olvidada del vino entrerriano una oportunidad para recuperar una tradición productiva y construir una propuesta con identidad propia a orillas del Paraná.

De la tecnología al vino: una apuesta para recuperar una historia olvidada

Mucho antes de convertirse en la cara visible de una de las bodegas más reconocidas del litoral argentino, Irazoqui desarrolló su carrera en el mundo tecnológico. Formó parte de DonWeb, una empresa que creció en los años en que internet comenzaba a expandirse en el país y acumuló experiencia liderando equipos y proyectos innovadores.

Sin embargo, sentía que necesitaba un cambio. “Cuando me recibo y vuelvo full a trabajar a la empresa tecnológica, me faltaba algo. Me faltaba la naturaleza, la tierra, las raíces. Me faltaba eso que después descubrí que era esto”, recordó.

En esa búsqueda personal apareció una historia que desconocía por completo. A través de material difundido por el INTA tomó contacto con el pasado vitivinícola de Entre Ríos, una provincia que supo tener cerca de 5.000 hectáreas de viñedos antes de que la actividad desapareciera.

La posibilidad de recuperar parte de esa tradición la cautivó de inmediato. “Siempre amé el vino, pero como consumidora. Cuando conocí esta historia pensé: qué bueno sería volver a poner en el mapa de la vitivinicultura una región que se había perdido de una manera cruel e injusta”, señaló.

La decisión implicó asumir un desafío enorme. No provenía del sector vitivinícola y tampoco era enóloga. Pero encontró en su experiencia empresarial una herramienta clave para avanzar.

“Las tecnológicas te enseñan que uno no tiene que saber todo. Se aprende en el camino y hay que rodearse de gente que sabe más que uno. Yo siempre supe que tenía que apoyarme en profesionales para llevar adelante el proyecto”, explicó.

Así comenzó a trabajar junto a ingenieros agrónomos, especialistas en clima y suelos y referentes de la industria para validar la viabilidad productiva de la región.

Los vinos del Paraná: demostrar que el litoral también puede producir calidad

La recuperación de la vitivinicultura entrerriana no solo implicaba volver a plantar viñedos. También suponía desafiar una idea instalada durante décadas: que los grandes vinos argentinos solo podían producirse en zonas áridas y de altura.

Antes de implantar las primeras plantas, el equipo realizó estudios técnicos para evaluar el comportamiento de distintas variedades y las condiciones agroclimáticas de la zona.

“El proyecto estaba pensado para demostrar que se podía hacer algo bueno y de calidad en una región donde nadie estaba acostumbrado a ver vino”, sostuvo Irazoqui.

La bodega comenzó en 2012 con 18 hectáreas implantadas. Entre las variedades elegidas se encuentran Chardonnay, Malbec, Syrah, Merlot y Cabernet Franc, a las que posteriormente se sumó Pinot Noir. Esto se realizó en una finca de 365 hectáreas a orillas del río, en Victoria.

Con los años, los vinos comenzaron a mostrar características propias vinculadas al terroir del litoral. “Tenemos un tipo de suelo y un clima que hacen que la uva tenga determinadas características. Cada varietal nos fue dando vinos completamente distintos a lo que uno está acostumbrado habitualmente”, explicó.

Uno de los casos más representativos es el Chardonnay, una etiqueta que suele sorprender a quienes visitan la bodega. “Hay gente que llega diciendo que no le gusta el Chardonnay y termina cambiando de opinión cuando lo prueba. Es un vino diferente a lo que normalmente encuentra en otras regiones”, comentó.

La identidad de BordeRío también está reflejada en la marca de sus vinos. La línea principal se llama Injusto, una referencia directa a un episodio histórico que marcó a la provincia.

En 1934, durante la presidencia de Agustín P. Justo, se prohibió la vitivinicultura con fines comerciales fuera de la región de Cuyo. La medida provocó la desaparición de gran parte de los viñedos entrerrianos y frenó una actividad que tenía una larga tradición en la provincia.

“Era totalmente injusto lo que estaba sucediendo. Se perdió completamente todo y esa historia merecía ser recordada”, señaló.

Mucho más que vino: una experiencia turística a una hora de Rosario

Desde sus inicios, BordeRío fue concebido como algo más que una bodega. El objetivo era construir una experiencia integral que acercara a los visitantes al mundo del vino desde una propuesta vinculada al paisaje y la gastronomía del litoral. “BordeRío es un viñedo, es una bodega y es turismo”, resumió Irazoqui.

El establecimiento cuenta con viñedos, cava subterránea, degustaciones, eventos y una trattoria que completa la experiencia gastronómica. La cercanía con Rosario, Buenos Aires y Paraná, convirtió al proyecto en una alternativa para quienes buscan escapadas vinculadas al vino y la naturaleza.

Según Irazoqui, uno de los mayores logros fue demostrar que una propuesta enoturística de calidad podía desarrollarse fuera de las regiones tradicionales.

“La gente que recorrió bodegas en cualquier lugar del mundo viene a BordeRío y dice: ‘Esto puede estar en Napa Valley tranquilamente’. Para nosotros siempre fue importante demostrar que las cosas se podían hacer bien”, afirmó.

La propuesta está pensada para que los visitantes disfruten del entorno durante toda la jornada, recorran los viñedos, participen de degustaciones y conozcan una región que vuelve a escribir su historia vitivinícola.

“Es un lugar para ir en familia, en pareja o con amigos. Nos encanta cuando llegan a la mañana y se quedan hasta la tarde. La idea es que puedan vivir la experiencia completa”, concluyó.

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