La apuesta de un gigante: el campo de 70 hectáreas que se volvió modelo de una producción de gran potencial en la Patagonia
Con una chacra en Río Negro y un programa de mejoramiento genético que puede demandar hasta una década, Cervecería y Maltería Quilmes fortalece su estrategia agroindustrial para garantizar el abastecimiento de uno de los ingredientes clave de la cerveza
Por
Mientras la cebada concentra gran parte de la cadena productiva cervecera en la provincia de Buenos Aires, el lúpulo, responsable del amargor, aroma y personalidad de la cerveza, tiene su epicentro en la Patagonia. Allí, en General Fernández Oro, provincia de Río Negro, Cervecería y Maltería Quilmes desarrolla una operación estratégica que combina producción, investigación y mejoramiento genético.
La compañía administra una chacra de 68 hectáreas dedicada al cultivo de variedades como Victoria, Nahuel, Mapuche y Gaucho, fundamentales para su portafolio de cervezas. El establecimiento es liderado por Gastón Catalini, gerente de Producción de Lúpulo e ingeniero químico, quien coordina una operación orientada a mejorar rendimientos y desarrollar nuevas variedades adaptadas a las necesidades de la industria.

Te puede interesar Insumos Agrícolas
Un esquema productivo que integra a productores patagónicos
La producción propia es solo una parte de la estrategia. Quilmes trabaja además junto a productores de El Bolsón, quienes aportan alrededor del 60% del volumen total de lúpulo utilizado por la compañía.
Actualmente, los rendimientos oscilan entre los 1.800 y 3.500 kilos alfa por hectárea, dependiendo de la variedad y las condiciones productivas. Con este esquema combinado, la empresa proyecta alcanzar una producción total de 125 toneladas de lúpulo para 2026.
Seguí leyendo

La iniciativa se enmarca dentro de la unidad de Agro de la compañía, integrada por unas 300 personas y responsable de articular la producción de materias primas para la elaboración de cerveza.

Mejoramiento genético: una inversión a largo plazo
Uno de los diferenciales de la operación está en su programa de investigación y desarrollo. En un campo experimental de 2,5 hectáreas, Quilmes lleva adelante un proceso de mejoramiento genético que puede extenderse entre ocho y diez años antes de que una nueva variedad llegue a escala comercial.

El recorrido comienza con el cruzamiento de plantas y la germinación en invernadero. Durante los primeros cinco años, los investigadores evalúan alrededor de 1.500 individuos para analizar características sensoriales, parámetros físico-químicos y resistencia a enfermedades.
Luego, entre los años cinco y ocho, las variedades seleccionadas avanzan a ensayos en espalderas de hasta cinco metros de altura y pruebas piloto junto a cerveceros para validar su comportamiento en la elaboración.
La etapa final contempla la evaluación del rendimiento agronómico a gran escala y el registro oficial de la nueva genética. Actualmente, el programa trabaja en el desarrollo y consolidación de nuevas variedades, entre ellas Gaucho y Negro.
Más rendimiento, menos impacto ambiental
Desde la compañía destacan que el objetivo no es únicamente garantizar el abastecimiento futuro de lúpulo, sino también avanzar en eficiencia productiva y sustentabilidad.
Entre las metas del programa figuran la obtención de variedades con diferentes ventanas de maduración, la construcción de un banco genético propio y la mejora del rendimiento agronómico de los cultivos.
Según explican, mayores rindes permiten producir más volumen con la misma superficie, reduciendo el impacto ambiental por tonelada obtenida y mejorando el retorno de la inversión.

La apuesta se integra a una cadena agroindustrial que trasciende al lúpulo. Quilmes destaca que una de cada cuatro cervezas producidas por la compañía a nivel mundial utiliza cebada proveniente de Buenos Aires. Además, el complejo exportador conformado por cebada, malta y cerveza se ubica entre los principales generadores de divisas del país, con exportaciones que alcanzan los US$ 370 millones anuales.
