El alto costo de ser poco competitivos

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22deJuniode2000a las08:09

Por Ernesto Kritz

La amplitud de la jornada de trabajo es una medida del progreso social. En laArgentina, dicha jornada es muy larga. Un asalariado privado trabaja en promediounas 2250 horas por año, esto es, casi 30% más que lo que trabajan losasalariados de las economías desarrolladas (incluyendo casos paradigmáticoscomo Japón). Esto significa que en la Unión Europea, EE.UU. u Oceanía, untrabajador dispone de 2 horas diarias más que aquí para estar con su familia,recrearse, estudiar, o simplemente descansar. Para el conjunto de la fuerza detrabajo -sobre todo si se incluyen los cuentapropistas- la diferencia estodavía bastante mayor. Esto, en un país que tiene 14% de desempleo.

La extensión de la jornada laboral en la Argentina es, en el mejor de loscasos, comparable a la de las demás economías emergentes. Aunque para muchosresulte sorprendente, el número de horas trabajadas en el sector privado (49horas semanales) es tanto o más elevado que en los sectores no agrícolas deCorea (49 h; Hong Kong (45 h) o Singapur (47 h). La explicación radica en dosfactores principales:

El primero es que en las economías desarrolladas la productividad por horatrabajada es mucho más alta que en la Argentina. En esos países, cada ocupado,en un tercio menos de tiempo, genera un valor agregado casi tres veces mayor queun trabajador local.

El segundo es que para compensar esa brecha de productividad muchas empresasalargan la jornada de trabajo: 38% de los asalariados argentinos trabaja más de8 h diarias y 23%, más de 10 h; además, el 17% se lleva trabajo a su casa.

La evidencia de que la prolongación de la jornada laboral es un mecanismo decompensación de esa brecha en un mercado crecientemente competitivo es que deaquellos que trabajan más de 8 horas, menos de una cuarta parte cobra las horasextras como establece la ley. La mitad no recibe ninguna compensación, lo queequivale a una reducción salarial. Visto desde una perspectiva económica, unajornada laboral tan larga -y además creciente- es una expresión del atrasoproductivo argentino. Una estrategia de competitividad basada sobre estemecanismo es insostenible en el mediano plazo, tanto más cuanto mayor es laintegración en el mercado mundial. Por ello, la disminución del tope de horasextras a 200 h debería ser interpretada no tanto como una medida deredistribución de la demanda de trabajo (aunque es evidente que ésta está muymal distribuida) sino como una señal de que en una economía abierta lacompetitividad debe basarse en la elevación de la productividad. El caminocorrecto para aumentar la competitividad y crear empleos con mejores salarios esbajar el costo unitario. Por eso, no sólo por inexcusables razones socialessino también económicas, hay que desestimular el crecimiento de la jornada detrabajo. Casi sin excepciones, las naciones desarrolladas competitivas tienentopes anuales para las horas extras, que no superan las 200 h. Es el caso deNoruega, Suecia, Suiza, Alemania, Holanda, Francia, etc. Aún con la limitaciónestablecida ahora, nuestro régimen legal permite jornadas de hasta 55 horassemanales. Parece más que suficiente.

El autor es economista especializado en temas laborales.

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